CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El libro dice que es sobre doce personas aunque abarca más gente y mundo en su microcosmos hospitalario. Se trata de Doce pacientes. Vida y muerte en el Hospital Bellevue, del doctor Eric Manheimer (FCE, 2022). Pacientes, sus familiares, médicos, enfermeras, guardianes… Doce relatos que conjugan historias de pacientes que no se conocen entre sí, tratados por el personal médico que no tiene tiempo ni de respirar, corriendo entre los pasillos, para volverse a concentrar al máximo.
Una clínica, una ciudad. Que son emblema del mundo entero. El Bellevue se fundó en 1737 y está en una parte sensible de Nueva York. La Big Apple como melting pot de contradicciones y entuertos socio-culturales y multirraciales. Mefistofélicamente está en la escuadra que forman la sede de la ONU y el mayor conjunto carcelario de los EEUU: Rikers Island. La cereza culminante es que es uno de los pioneros de la psiquiatría médica del país. De modo que tanto puede recibir estadistas y diplomáticos de cualquier nacionalidad, habitantes del prestigiado barrio, psicóticos y autistas en crisis y criminales peligrosos trasladados con un protocolo digno de Hannibal Lecter (el modelo del personaje podrá ser un mexicano llamado “Alfredo Ballí Treviño”). En suma, centros médicos como el Bellevue (o el 20 de Noviembre o La Raza, por ejemplo), reclaman a gritos sus escritores. He aquí uno.
El primer episodio combina la lucha del médico-protagonista por conseguir la libertad a un “Juan Guerra”, alegando razones humanitarias debido a su edad y su avanzado cáncer linfático. “Guerra” es toxicómano declarado, ha pasado la mayor parte de su vida entrando y saliendo de presidios, y nunca ha cometido un delito que implique violencia ni derramamiento de sangre.
En la otra esquina: el mismo día llega un impávido joven mara, quien “carece por completo de expresión. Sus tatuajes son evidentes, incluso escalofriantes… Amputan brazos, destripan o decapitan a alguien por nada. Cuando los mandan a las cárceles se hacen con el poder, aterrorizan a los guardias y capacitan a sus compañeros en su estilo especialmente sanguinario de violencia.”
El dilema del médico: ¿han de ser tratados con el mismo rasero, de acuerdo con criterios uniformes? El sistema carcelario: ¿racionalidad penitenciaria o aparato represivo lindante con la venganza social sin rostro?
Y en la tercera esquina, cerrando el triángulo adrenalínico del primer episodio: la visita oficial del secretario de Salud de México, ya que “el consulado mexicano ofrece atención médica a los inmigrantes documentados e indocumentados”. De hecho, “el vecino del Sur” es referencia constante en el libro –al grado de que en la actualidad el autor se ha retirado de su puesto de director médico y reparte su tiempo entre Tepoztlán y la Big Apple. El libro muestra a un médico en jefe esforzándose porque cada paciente sea un individuo y no un expediente más de la enorme pila. Uno a uno, los episodios son concentrados narrativos de emociones e imprevistos exigiendo decisiones apresuradas que deben ser las atinadas; se juega no con fichas de tablero, sino con vidas depositadas sobre la mesa de operaciones o en el área de terapia intensiva.
¿Qué es más difícil de manejar, los bisturís, aparatos de ultrasonido, tomografía y similares, o el teclado de escribir? Los primeros entrañan vida o muerte (físicas) y el segundo, esa otra dimensión de vida que son las memorias y relatos. Sí: la escritura como una forma de vida más allá del cuerpo, como dijera Quevedo, cuando los pacientes “serán ceniza, más tendrá sentido”.
El libro es el primero del autor, patentiza su bautizo de fuego en el mundo de la escritura. El autor y sus editores han encontrado el tono concreto, directo como un presto sostenuto que transmite el ritmo de un médico que no conoce horarios porque está al frente de todas sus responsabilidades y retos. (La traductora hizo una buena labor en términos generales, lo que significa que hay una serie de soluciones que pudieron ser más finas pero, claro, ellos también trabajarán a destajo y a deshoras. Merece reconocimiento la actual administración del FCE que pone en nuestras manos este libro.)
Al final del primer episodio estamos convencidos de que el libro nos enfrenta sin la menor mediación con seres humanos, sean médicos, pacientes libres o reclusos (todos, salvo, muy probablemente, el temible mara quien se ha ganado a pulso su propia deshumanización). El final traza su última figura combinando los resortes de la premura y la sensibilidad; lo vemos sentarse al fin frente a su sándwich y café… recuerda al paciente de los ganglios a punto explotar, “¿completará el tratamiento? …y apago los melancólicos fados de Dulce Pontes, mientras me pongo de pie para saludar al secretario de Salud de México”.