Cine

La obra de Amos Gitai, para reconciliar a palestinos e israelíes

Realizador considerado como “la Nueva Ola Israelí en solitario”, Amos Gitai visitó por segunda ocasión México, ahora para recibir la medalla Cineteca Nacional “por su gran labor artística” el 17 de enero.

Columba Vértiz De La Fuente
Amos Gitai
Amos Gitai(Eduardo Miranda)

Realizador considerado como “la Nueva Ola Israelí en solitario”, Amos Gitai visitó por segunda ocasión México, ahora para recibir la medalla Cineteca Nacional “por su gran labor artística” el 17 de enero. El cineasta judío, quien considera al séptimo arte como un oficio colectivo, sostiene que la principal obligación de un autor es “poseer una postura crítica”. En pos de incomodar al poder o al sistema establecido con ciertos temas de sus películas (la guerra, la religión y cómo se trata a la mujer en Medio Oriente), declara en entrevista: “Yo hago cintas cuando algo me conmueve, duele o altera”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Su vocación de cineasta comprometido nació cuando un misil sirio derribó el helicóptero que tripulaba durante la guerra. Era el día de su cumpleaños y, al renacer, el israelí Amos Gitai decidió crear filmes “sin concesión alguna, como un acto cívico, y ser crítico para incitar a la gente a reflexionar”.

Relajado, Gitai confiesa a Proceso en las instalaciones de la Cineteca Nacional, instancia que lo invitó para reconocerlo, que si bien se formó como arquitecto durante nueve años, jamás estudió una sola hora en ninguna escuela de cine.

No obstante, en poco más de 40 años de prolífica trayectoria, ha realizado un número similar de películas, entre documentales y ficciones, en las que ha capturado diversas capas de la historia de Oriente Medio y el acontecer actual de su país, así como ha abordado tópicos sobre el hogar, el exilio, la familia, la política y la religión. Nacido el 11 de octubre de 1950 en Haifa, aclara:

“Este medio maravilloso que es el cine no es nada más show business, también es un arte que puede inducir a la gente a pensar y a abrir corazones. Puede reconciliar a israelíes y palestinos y, además, pone a discusión problemas como el racismo; eso en sí mismo es muy poderoso.”

De hecho, en su película Laila en Haifa, que compitió en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 2020, el cineasta plasma su sueño de relaciones “razonables y pacíficas entre israelíes y palestinos” en una galería de retratos dentro de un bar nocturno. Ahí los personajes se comunican en hebreo, árabe e inglés y la trama se centra en cinco mujeres. Conocido a nivel mundial, Gitai vive y trabaja entre Israel, Francia y Estados Unidos.

De visita en México para recibir la medalla Cineteca Nacional “por su gran labor artística” el martes 17 –en ocasión de los 49 años de la institución salvaguarda y promotora del séptimo arte–, junto con ella las embajadas de Israel y Francia presentan en el recinto, durante enero y febrero, 25 de las películas que el realizador creó entre 1985 y 2020 (cinetecanacional.net).

Regreso a México

Gitai habla del reconocimiento:

“Estoy francamente conmovido. Ya había visitado México en 2019. Estaba dando clases en la Universidad de Columbia en Nueva York, y para escapar del frío unos amigos me sugirieron venir a este país, donde la temperatura se hallaba a 25 grados y me recordaba la de mi nación. Me reu­ní con Nelson Carro, de Programación de la Cineteca Nacional, aquí, en esta instancia y quedé muy impresionado. He estado en muchas cinetecas en todo el mundo, en el Pompidou de Francia, también en Italia y en muchas más, pero honestamente la Cineteca Nacional de México es una de las más hermosas. Es un gran placer que me estén entregando un reconocimiento.”

El autor israelí empezó grabando documentales y luego se adentró en la ficción. Sus primeros filmes fueron cortos filmados en formato Súper 8 en la década de los setenta. Durante la guerra de Yom Kipur entre árabes e israelíes de 1973, fue reclutado por una unidad de rescate del ejército. Cuenta que el helicóptero en el que iba fue abatido:

“Era el quinto día de la guerra y estábamos trasladando al hospital a gente quemada. El helicóptero era pequeño, modelo Bell 205, y lo tiró un misil de la tropa siria. Mi copiloto falleció inmediatamente y varios de los que iban estuvieron gravemente heridos. Yo no salí herido ni morí, ¡por eso tengo el placer de estar hablando aquí contigo! Tras ese suceso, sentí que era el momento de decir lo que quería sin concesión alguna. Era 11 de octubre, día de mi cumpleaños. Antes mi mamá me había dado una cámara de Súper 8 milímetros y filmé algunas cosas. No fue instantáneo que me haya hecho cineasta, poco a poco fui descubriendo este medio que, hasta el día de hoy, me parece que posee muchísimo potencial.”

Polémico en su tierra

Sus primeras incursiones en el documental político Bayit (House, 1980) y Diario de campo (Yoman Sadeh, 1982) fueron consideradas “muy incendiarias para emitirse por televisión israelí”, donde hizo varios cortos (“posiblemente por darle voz a la disidencia palestina”, escribió Damon Smith en Senses of Cinema). Entonces Gitai se marchó a Francia.

Regresó a Israel hacia 1995 a investigar el asesinato del primer ministro israelí Isaac Rabin. Después creó el documental La arena del crimen (1996), el cual contiene imágenes y testimonios que el director recuperó por más de tres meses sobre las secuelas del asesinato de Rabin por un sionista radical en 1995, en el centro de Tel Aviv.

Luego hizo Rabin, los últimos días (2015), donde reconstruyó, con una vigorosa mezcla de ficción e imágenes de archivo, las últimas horas de este hombre, quien luchó enérgicamente por lograr la paz entre Israel y Palestina, lo que lo condujo al fatal desenlace. Gitai denunció las calumnias e injurias lanzadas en contra del ganador del Premio Nobel de la Paz 1994, así como la falta de rigor en la investigación judicial del crimen. El cineasta también realizó una obra de teatro y un libro sobre el asesinato de Rabin.

“Este homicidio representa la gran oportunidad perdida para resolver el conflicto. La historia de Israel sería diferente si Rabin continuara vivo”, señala Gitai.

Reflexiona un instante, y narra:

“Hace más de 40 años el nivel de conciencia del conflicto era más bajo que ahora, y los israelíes no querían escuchar hablar de los palestinos. Hoy palestinos e israelíes son más conscientes los unos de los otros porque el conflicto ha empeorado. Saben que ni los unos ni los otros se marcharán, y la pregunta es: ¿cómo se resolverá todo?”

No obstante, su actitud es positiva:

“Mi optimismo no viene de lo que veo todos los días a mi alrededor, que me horroriza, sino del deseo y de la esperanza. Me gustaría que hubiera coexistencia y cuanto antes mejor.  Si no tenemos esperanza, ¿qué tenemos?”.

Ahora el gobierno de Israel está conformado por ocho partidos de derecha, centristas e izquierdistas y los centroizquierdistas. Gitai ha tenido relaciones conflictivas con las autoridades de derecha de su país. En septiembre de 2018 criticó al gobierno de Benjamín Netanyahu, aún primer ministro, por considerar que “la cultura era propaganda”.

Además filmó la cinta Kippur (2000), basada en la experiencia que tuvo cuando el misil sirio impactó al helicóptero en el que iba. Fue el director de cine estadunidense Samuel Fuller (1912-1997) quien lo empujó a crear esa historia:

“Lo conocí en 1992, cuando trabajábamos en un performance que me encargaron para un festival de teatro. Un día le comuniqué mis experiencias en la guerra y me propuso que hiciera una película.”

Escribió Kippur con Marie-Jose Sanselme. El elenco lo componen Liron Levo (Weinraub), Tomer Russo (Ruso) y Uri Ran Klauzner (como el doctor Klauzner). Aquí, las tropas de Egipto y Siria atacan en 1973 al territorio israelí en la fecha más sagrada de su calendario: el Yom Kippur. Weinraub y Ruso son jóvenes reservistas israelíes que intentan llegar a los Altos de Golán para alcanzar la unidad de combate a la que han sido asignados, pero al no encontrarla se integran a una unidad de emergencias de la fuerza aérea.

Igual rodó el documental Canción de cuna para mi padre (2012), en la cual Gitai cuenta la historia de su progenitor, Munio Weinraub, quien era estudiante en la escuela de diseño y arquitectura Bauhaus en la ciudad de Dessau, antes de que el régimen nazi de Hitler la clausurara en 1933. Weinraub fue acusado de traición, enviado a presidio, y más tarde expulsado de Alemania. La película sigue la ruta de Weinraub de Polonia a Alemania y de Suiza a Palestina, dentro de un viaje caleidoscópico en busca de las relaciones entre un padre y su hijo, la arquitectura y el cine, la historia y la memoria.

Obligación del realizador

–¿Cómo ha sido para usted expresarse con el cine?

–La principal obligación del cineasta es poseer una postura crítica y plantear buenas preguntas, no demagógicas, sobre todo. Después de la guerra del Yom Kipur me di cuenta de la importancia de plantear buenas preguntas y del trabajo del cineasta como un deber cívico. El documental es similar a la arqueología, en el sentido de que excavas y sacas la verdad. Lo más importante es tener cuidado, ser delicados. Y la ficción es como la arquitectura, tienes una idea y la construyes.

–Las preguntas en su cine son dentro de un panorama sociopolítico. ¿Dónde le resulta más complicado plantear las interrogantes, en el documental o en la ficción?

–Para contestarle voy a plantear una metáfora...

“El pintor Pablo Picasso creó el cuadro Guernica en 1937 porque quedó impresionado por el bombardeo nazi a la villa vasca de Guernica. Su medio era la pintura, así que creó ese óleo. Quizás es su obra más conocida, porque planteó un momento de la memoria, fijó un recuerdo a través de su medio, y eso es lo que hacemos todos, fragmentos de la memoria; por ejemplo, de la guerra o de la religión o del asesinato de Rabin. Esos fragmentos de recuerdos no cambian la realidad por sí mismos, pero mantienen la memoria viva.”

Otro largometraje de Gitai es Edén (2001), con Arthur Miller (el padre), Samantha Morton (Sam), Thomas Jane (Dov), Luke Holland (Kalkovsky) y Daphna Kastner (Silvia), ubicado en 1939: Kalman, un hombre de negocios, deja Europa para reunirse con su hermana Samantha en Palestina, donde ella vive con Dov, arquitecto idealista obsesionado con el estilo Bauhaus.

Junto a varios amigos, la pareja formará parte de un grupo que discute el futuro del Estado israelí. Basado en el libro del dramaturgo estadunidense Arthur Miller, Homely Girl: A Life (Una chica cualquiera), este drama muestra una perspectiva europea sobre la construcción de Israel durante uno de los momentos más álgidos del movimiento sionista.

–Si el cine no cambia realidades, ¿qué ha aportado usted con sus largometrajes?

–No sé qué ha aportado mi filmografía –responde lacónico. Y añade:

“No estoy a favor de un cine que sea demagógico o panfletario, más bien trabajo como un intérprete, y cuando laboras de esta forma, los procesos son muy largos. Las imágenes llegan a la mente, se quedan en ella un tiempo y luego las sacas. Para mí, las mejores películas son aquellas que empiezan después de que su proyección termina, después de que las terminaste de ver y te vas a casa, porque es entonces que se empieza realmente a digerir la historia, cuando inicia la existencia de la cinta. En cambio, a veces puedo ir en un avión y ver un filme y al día siguiente no recuerdo absolutamente nada sobre él.

“Me parece que el trabajo tiene que ver con esta cuestión de plantear preguntas y son las que a su vez van a crear cambios que pueden ser profundos.”

–¿Es usted un cineasta polémico?

–Espero que sí sea polémico. Anhelo incomodar al poder o al sistema establecido con ciertos temas que trato en mis películas: la guerra que aún continua, la religión o cómo se trata a la mujer en Medio Oriente, o el asesinato de Rabin por haber intentado reconciliar a Israel con los palestinos. Espero que se sientan incómodos, y deberían sentirse incómodos.

“Yo hago películas cuando algo me conmueve, duele o altera. Y luego también está la cuestión de reunirse con la gente para hacerlas, porque el cine siempre es un proyecto que se elabora en colectivo. Por eso es que tengo un grupo de amigos con el que siempre trabajo y es un placer reunirnos todos para filmar, y poco a poco vamos avanzando juntos. Es una manera consecuente de mostrar un arte que es muy fuerte.”

El escritor Michael Atkinson llamó en una ocasión a Gitai “la Nueva Ola Israelita en solitario”. Todas las películas del cineasta han sido ampliamente distribuidas y varias han competido en los festivales de Cannes y Venecia. Ha dirigido a Yael Abecassis, Juliette Binoche, Jeanne Moreau y Natalie Portman, entre otras actrices y actores más.

Al final, manda un mensaje a los que estudian cine:

“Las nuevas generaciones deben reinventar siempre al cine y plantearse nuevos retos. En cuanto a las escuelas de cine como tales realmente no estoy muy convencido de ellas, repiten las convenciones que ya están establecidas y no está bien tomar esas reglas como si fueran una Biblia, se puede cambiar todo. Hay que estimular a los estudiantes, y antes que nada, deben salir y observar a la gente: cómo se mueve, sus gestos, cómo se interrelacionan, cuáles son sus ritmos… Cuando doy clases en Tel Aviv y en la Universidad de Columbia siempre les pido a los alumnos que hagan su propia investigación.”  

Reportaje publicado el 22 de febrero en la edición 2412 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.