La efervescencia cultural que produjo el movimiento armado sacudió las entrañas del país, y a un siglo del muralismo el papel de sus protagonistas va decantándose en aspectos inéditos. Uno de ellos es la marginalidad. Es el caso del pintor Manuel Rodríguez Lozano, cuya figura por vez primera llega al escenario –en un monólogo de Vicente Ferrer en El Círculo Teatral–. Otros personajes de la época ligados a él han ido resurgiendo, como la artista Carmen Mondragón –bautizada por el Dr. Atl como “Nahui Olin”– y Antonieta Rivas Mercado –creadora del teatro Ulises–, a quienes la investigadora Patricia Rosas Lopátegui dedica, en texto aparte, dos libros documentales.
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).–Encarcelado por un robo que no cometió, el pintor mexicano Manuel Rodríguez Lozano (1891-1971) creó en los pasillos del “Palacio Negro” de Lecumberri el mural La Piedad en el desierto, obra emblemática de 1942 que luego de restaurarse se trasladó al Palacio de Bellas Artes en 1966, donde se exhibe.
Justamente el proceso de la pintura –influenciada por la escultura en mármol La Piedad de Miguel Ángel– sirvió de punto de arranque al dramaturgo jarocho Vicente Ferrer (Veracruz, 1974) para escribir y dirigir su monólogo Solo en el desierto, actuado por Leonardo Mackey en el papel del artista, a escenificarse los martes 16, 23 y 30 de agosto en El Círculo Teatral de la colonia Condesa.
Ferrer comenzó su carrera como actor en ese espacio desde 2011, escribiendo en 2015 con Roxana Andrade otro monólogo, Cita en Notre-Dame que él dirigió, una suerte de antecedente a la obra actual. Refiere:
“Cuando investigamos la vida de Antonieta Rivas Mercado en libros como A la sombra del ángel de Kathryn S. Blair, y la biografía Antonieta 1900-1931 escrita por Fabienne Bradu, para Cita en Notre-Dame, recurrentemente surgía la figura de Manuel Rodríguez Lozano. Me llamó la atención la escasa información sobre él, pero aún más su personalidad aguerrida y que defendía a ultranza sus puntos de vista polémicos.”
Solo en el desierto abarca buena parte de su vida desde la niñez, el matrimonio con Carmen Mondragón (Nahui Olin), la relación amorosa con su pupilo Abraham Ángel (que se suicidó en su casa) y la amistad con María Antonieta, quien se quitó la vida por José Vasconcelos en la catedral de Notre-Dame el 11 de febrero de 1931.
“Me parece un personaje fascinante –dice a su vez el actor Mackey sobre el muralista–, y que los jóvenes conozcan la vida de este hombre que perteneció al grupo de los Contemporáneos, por haber sido sin duda alguna un parteaguas en la pintura mexicana. Pero también por ser precursor de la visibilidad del movimiento de la comunidad LGBTTTIQ al declararse homosexual en 1921, algo que entonces era motivo de arresto y fusilamiento, o si bien te iba, del rechazo de toda la sociedad.
“Meterme en la piel de Rodríguez Lozano me hace reflexionar en las tantas similitudes que poseemos los dos, aparte de que somos de signo Sagitario y me toca representarlo cuando tenía algunos años más que yo; ambos navegamos contra la corriente y digamos que es un personaje que me escogió a mí para representarlo en Solo en el desierto.”
Rodríguez Lozano no estuvo de acuerdo con el nacionalismo “ni con la necedad de la Escuela Mexicana de Pintura de idealizar la revolución al grado de considerarla algo maravilloso”, opina. A él “siempre la Revolución mexicana le pareció un derramamiento de sangre innecesario” –con luchas entre caudillos en pos del poder, “y separarse de los muralistas lo condenó casi al anonimato”.
Nacido el 9 de diciembre de 1978 en la capital del país, Leonardo Clyde Mackey Guerrero apunta que Rivera, Siqueiros y Orozco trascendieron a nivel internacional, mientras Rodríguez Lozano, por su posición abiertamente homosexual, quedó rezagado y sin mecenas. Hoy intriga que tal ostracismo suyo perdure a 100 años del muralismo.
Reivindicación
La Piedad en el desierto, mural pintado en cuatro meses y pico, representa a la madre mexicana que protege a su hijo caído en desgracia. Expone Ferrer:
“Curiosamente, es el propio Manuel Rodríguez Lozano quien se refleja como este cristo crucificado que baja de la cruz, siguiendo al monumento de Miguel Ángel en su Pietà, que está en el Vaticano. Es su protesta por haber sido acusado injustamente del hurto de grabados de Alberto Durero y Guido Reni en la UNAM, donde él trabajaba en 1942.
“Quisimos hacer un homenaje del pintor gallardo, hay muchas lagunas históricas en su vida, y busqué concentrarnos en su ideología, en su cercanía con ‘el pueblo real’, como él lo llamaba. La obra intenta dar un equilibrio entre la parte luminosa y la parte oscura de este personaje valiente.”
–Usted mencionaba que le atrajo su fuerza de carácter…
–Por ejemplo, uno de sus enfrentamientos muy fuertes que tuvo fue con Salvador Novo, al grado que Manuel presionó a Antonieta, que era su mecenas, para que cerrara el teatro Ulises, que había sido creación colectiva de los Contemporáneos… Novo se adjudicó la creación del Ulises con Xavier Villaurrutia, y esto provocó la ira de Rodríguez Lozano, amenazando a Antonieta de terminar su amistad con ella si no convencía a Novo de que rectificara y explicara que había sido una creación colectiva”.
El Ulises cerró el 7 de julio de 1928. Añade:
“En la investigación que mencioné, Fabienne y Kathryn no tocan muchos temas... Abordamos su matrimonio ‘arreglado’ con Carmen Mondragón, sus comienzos como pintor y muchos tópicos del pasado cultural de México en el monólogo, hay situaciones de actualidad. Entre ellas, las críticas que hace Rodríguez Lozano acerca de que las actividades culturales están en manos de personas que no tienen nada que ver con el arte ni con los verdaderos creativos.
“Esto se nota a través del episodio dedicado a La Paloma Azul, la primer compañía de danza contemporánea en México, en la que él tuvo participación directa en combinación con la coreógrafa Anna Sokolow. Y en otro capítulo, con la crítica bastante ácida hacia la figura de Diego Rivera. Son unas 14 escenas cortas, con excepción de la parte de los Contemporáneos y del gran amor de Rodríguez Lozano, que fue Abraham Ángel. De hecho la obra completa dura entre 70 o 75 minutos, pero se van como agua por la forma tan vertiginosa como Leonardo interpreta el personaje.”
–Solo en el desierto gozó de muy breve temporada en La Teatrería el pasado junio, ¿cuál diferencia hay ahora con los martes de El Círculo Teatral?
–La amplitud del espacio escénico. Agradezco a los maestros Alberto Estrella y Víctor Carpinteiro por permitirme una puesta en escena enriquecida y de mayor brillo que en La Teatrería, donde gustó mucho. Yo soy egresado de El Círculo Teatral, entré a estudiar en el periodo 2010-2015, y al maestro Carpinteiro le debo el haberme hecho una persona comprometida en el arte teatral. También otro de mis pilares sólidos fue Estela Leñero, que colabora con ustedes en Proceso, ella me brindó las herramientas, toda la paciencia y su amor para explorar mi lado de dramaturgo.
–Se habla de Rodríguez Lozano como artista dramático, el “pintor de la desolación” que retrató “la melancolía del pueblo mexicano”…
–Tuvo su fase monumental, pero también su fase blanca, cuando se dio la creación del mural La Piedad en el desierto. Si bien reflejaba la desolación del día a día nacional, ese mural enaltece al pueblo mexicano.
Sumado al protagónico por Leonardo Mackey, aparece el actor y bailarín Andrei Caballero como las siluetas fantasmagóricas de Nahui Olin, Ángel y Rivas Mercado. La voz de Novo en la obra fue grabada por Tito Vasconcelos. Asimismo, se escuchan las caracterizaciones sonoras de Ariane Pellicer (como la esposa, Carmen Mondragón), Jorge Levy (en el rol del padre de Rodríguez Lozano) y la citada Roxana Andrade. El lienzo de La Piedad en el desierto es diseño de la pintora coahuilense Ana López Anaya. Musicalización de Mauricio Aziz Tonder, escenografía e iluminación de Gerardo Ledezma y Vicente Ferrer. Vestuario de Carmita Soria y Julio Marín. Funciones los martes a las 20:30 horas en avenida Veracruz 107, Condesa.