“Duelen la indolencia y la mentira”, dice el jerarca de la Diócesis de Zacatecas, Sigifredo Noriega, sobre los malos resultados de la estrategia federal de seguridad en su estado y en el país. Él mismo, víctima de una retención por parte de un grupo delictivo, advierte que la respuesta popular puede salirse de control y propone crear una estrategia en la que participen todos los sectores sociales, además de ofrecer a los delincuentes una salida legal que los anime a deponer las armas.
ZACATECAS, Zac. (Proceso).– Como voz de la jerarquía católica desde la Diócesis de Zacatecas, estado que vive una grave crisis por la criminalidad y la deficiente respuesta del Estado, el obispo Sigifredo Noriega Barceló propone al gobierno federal un pacto social que permita negociar una forma de amnistía con los delincuentes, que los convoque a deponer las armas, y que el Estado asuma su poder legítimo de aplicar las leyes y castigar los delitos.
El jerarca religioso pidió públicamente el 26 de junio al presidente López Obrador un cambio en la estrategia de seguridad porque “esto se nos está yendo de las manos: Si no tomamos medidas hoy, Dios quiera que el pueblo no se rebele. Las revoluciones que ha habido han dejado unas huellas muy dolorosas y no queremos ese tipo de revoluciones armadas porque no resuelven, destruyen”.
Noriega Barceló alzó la voz después de que una bala acabara con la vida de un niño de tres años el pasado 19 de mayo mientras participaba en la ofrenda de flores en el santuario de la virgen de Guadalupe en la ciudad de Fresnillo, del asesinato de dos sacerdotes jesuitas el 20 de junio dentro de su iglesia en Chihuahua y después que el mismo obispo fuera detenido el 23 de junio en un retén montado por un grupo delictivo en la carretera a Tenzompa, municipio de Huejuquilla el Alto, Jalisco, adonde se dirigía a oficiar una misa.
“Nos duele cuando vemos sufrir a nuestra gente y no podemos quedarnos con los brazos cruzados, pues duele mucho la indolencia (del gobierno)”, expresa el obispo, al recalcar que, como Iglesia, piden a las autoridades federales y estatales que reconozcan la gravedad de la situación, porque en el discurso gubernamental “se manejan los números (de homicidios) a conveniencia; y no es suficiente, nosotros como Iglesia estamos más cerca de la gente, escuchamos su sufrimiento y eso no cabe en números… no podemos pasarnos toda la vida crucificados, necesitamos buscar un cambio”.
El religioso de 64 años, quien tiene a su cargo la Diócesis de Zacatecas que cuenta con 120 parroquias, algunas del norte de Jalisco, señala que “en Fresnillo, el comentario de las parroquias en las que he estado es ese: la gente, sobre todo en ciertas colonias, se está desplazando forzadamente. ¿Por qué? Si no pueden pagar el cobro del piso les queman la casa. No hay autoridad que pueda poner orden”.
Entrevistado en el obispado, un edificio vetusto situado en el centro histórico de la capital zacatecana, Noriega no parece el mismo que en sus homilías, en las que toca el acordeón para alegrar a sus feligreses. Ahora habla con seriedad, aunque a veces trata de reír, ya sea por nervios o para atenuar la tensión que generan sus palabras.
Se pronuncia a nombre de las víctimas que buscan consuelo y apoyo en los sacerdotes, y por sus propios párrocos, quienes al sentirse amenazados no denuncian el terror que se vive en las comunidades más apartadas.
“Más que los balazos, el arma que usan los delincuentes es el miedo, porque te paraliza y no gastan en balas. Y eso es tremendo, humanamente hablando”, expresa. Pero ante el “fracaso” de “los abrazos, no balazos” se siente obligado a señalar, pues la población desconfía de la autoridad, comienza a caer en la desesperación y el control social está a punto de perderse.
–Usted pide a las autoridades federales que replanteen la estrategia de seguridad. ¿Por qué?
–Con todo respeto, lo hacemos porque los frutos no se ven y cada vez vemos al país más dividido, polarizado, empobrecido. La violencia es un daño en todos los campos, no hay duda que la violencia destruye, es un cáncer; y la principal obligación del gobernante, quien quiera que sea, cuando sea y donde sea, es garantizar la seguridad para que haya una convivencia social y sea factible. Vemos que esto no se está dando y está afectando a muchísima gente, en el campo y en la ciudad, han tenido que emigrar por la violencia.
“Lo que pedimos es revisar la estrategia, pues no está dando resultados; los esfuerzos, que claro que hay esfuerzos, no son suficientes; además tenemos que contener primeramente, y después dar los siguientes pasos para la prevención y para el desarrollo. Si no hay paz no va a haber desarrollo.”
–¿Qué plantea la Iglesia católica?
–Primeramente una revisión de la estrategia, si es que hay estrategia. Si hay estrategia, una revisión a fondo y hecha con la sociedad, con las personas que hacen cabeza en la sociedad porque estamos ante una emergencia social, no sólo ante una emergencia política. ¿Y qué tipo de estrategia? Pues no la tenemos clara, tenemos que buscarla y, en esa búsqueda, en lo que todos coincidimos es que la causante de más violencia es la impunidad, y la impunidad es no castigar los delitos. Ese poder legítimo solamente lo tiene el Estado.
“¿Qué buscamos? Lo primero: qué hacer para aplicar la ley, quién la va a aplicar…Vemos con preocupación que a los órganos de justicia les han quitado mucho presupuesto. ¿Qué significa esto? ¿Se quiere o no se quiere afrontar el problema?
“Creo que todavía estamos a tiempo, lo que pedimos los obispos es escuchar a todos. La sociedad tiene mucho que aportar, las universidades tienen mucho que aportar, los medios (de comunicación) tienen mucho que aportar, los empresarios, las iglesias, no sólo la católica, todas tenemos mucho que aportar porque la autoridad dura tres o seis años y la gente queda ahí.”
Si no se toman medidas ahora, “Dios quiera que el pueblo no se rebele”, comenta. Y recuerda que las revoluciones “han dejado unas huellas muy dolorosas y no queremos ese tipo de revoluciones armadas porque no resuelven, destruyen. Queremos la revolución pacífica y si no se toman medidas hoy, nos va a llevar toda una generación (…) si no es que más tiempo. Pongamos las medidas adecuadas, hay que contener, porque si no se contiene esto (la violencia), no puede haber proyecto a mediano plazo, menos a largo plazo”.
Amnistía y pacto social
Noriega Barceló expone que el tejido social “se ha descompuesto muchísimo… Entonces, el Papa Francisco nos llama a un pacto social con educación, hay que reeducarnos, hay que volver a aprender porque esta cultura deja muchos vacíos. ¿Qué los está llenando? Las evasiones. ¿Pero quién va a atender a tanta gente que está presa de las drogas?… Es gente que no tiene futuro, humanamente hablando, y desgraciadamente no surgen ya madres Teresa de Calcuta”.
Por eso, continúa, “esto no tiene futuro, ¡y eso que está apostando a los que tienen futuro entre comillas! Es muy complicada la situación, no se resuelve echando culpas a otro, hay que enfrentarlo y ese llamado estamos haciendo: hay que hacer de manera integral un trabajo en conjunto, unidos… Yo diría, como Iglesia: hay que enfrentar la situación, apoyar a la gente, acompañarla. Hay que hacer un trabajo colaborativo con las autoridades, con la sociedad civil, con los clubes de servicio, con las diferentes instituciones educativas, religiosas, etcétera. Esto es un trabajo que tenemos que hacer juntos o no vamos a tener un futuro digno”.
Después de oficiar una misa el pasado 28 de mayo en Jerez, en un intento de ofrecer consuelo a las familias desplazadas por el crimen organizado de sus hogares en 18 comunidades de la sierra de este municipio, Noriega propuso al gobierno negociar con los delincuentes que estén dispuestos a deponer las armas y ofrecerles amnistía, como una posible salida frente a los asesinatos, desapariciones y desplazamientos forzados.
“Ya se lo he propuesto a varias autoridades; hay que ofrecer algo a cambio. Sabemos que son delitos que la ley castiga, pero si tú te entregas, si tú entregas las armas, podemos llegar a un acuerdo en que la pena sea reducida, estrategia que se usa en muchas otras ocasiones.”
–¿Una especie de amnistía? –cuestionaron los reporteros.
–No amnistía total, pero una especie, sí, obviamente con lo que permite la ley –puntualizó el prelado.
En respuesta, el 30 de mayo, en conferencia de prensa, el secretario de Seguridad Pública estatal, Adolfo Marín Marín, afirmó que como autoridades no pueden pactar “de ninguna manera” con delincuentes; lo consideró “reprobable”, y aunque se dijo respetuoso de la opinión del obispo, sostuvo que a quienes violan la ley debe perseguírseles e imponerles las penas correspondientes.
Noriega Barceló defendió su propuesta: “Que haya un plan integral, donde todos estemos poniendo; tú como autoridad, tú como civil, pero que también los que llamamos malosos tengan una puerta de salida. Eso es válido en todos los sistemas, en todas las sociedades, los cómos pueden variar.
“Esto lo fundamento en que mucha de la gente reclutada, que van a sacar a las comunidades, son muchachitos; cuando los reconocen agachan la cabeza, no los quieren ver de frente, porque estoy seguro de que ellos mismos no quisieran estar ahí. Esta gente es la que podríamos rescatar con un poco más de apertura. No digo que no se haga justicia, pero sí abrir una puerta para que puedan entregarse y deponer las armas”.
Al insistir en la necesidad de buscar otra estrategia de seguridad, el obispo añade: “Veo aquí indispensable un pacto social contra la violencia. Un pacto es un acuerdo, es sentarnos a dialogar y buscar soluciones, no estar encerrados en una sola”.
Presionados por el crimen
Entre los sacerdotes en Zacatecas hay miedo, pues como el resto de la población, carecen de seguridad. Cuando salen a las comunidades rurales y los municipios a oficiar misas, suelen ser detenidos en retenes de grupos delictivos.
“Platicando con don Faustino, el obispo de Durango, me dijo: ‘Me han detenido varias veces en los retenes. Yo creo que no hay sacerdote, que no hay obispo que no haya vivido esa experiencia”, lamenta el prelado, y agrega que los párrocos se enfrentan además a las extorsiones telefónicas.
En algunas zonas del estado los criminales incluso obligan a los sacerdotes a brindarles servicios religiosos. “Me han platicado (párrocos) que van y tienen que cubrirse los ojos –relata–. Ellos no saben a dónde los llevan, sólo les dicen: ‘Va a darle una bendición a un difuntito’, pero ya no los vuelven a dejar en donde mismo, ni el sacerdote vuelve a ser el mismo porque estuviste cerca de que hicieran algo violento contigo”.
Por eso él recomienda a los sacerdotes de su diócesis que celebren los matrimonios, bautizos y misa de difuntos que solicitan los integrantes de la delincuencia organizada. “Les digo: ¡no te expongas!, tú llevas la clara conciencia de dejar una puertita abierta de esperanza de que si Dios toca un corazón y se deja tocar, puede haber conversión… Y es que ese tipo de servicios se han pedido y con cierta presión, aunque no te digan nada pero te ponen el pistolón. Ante ese tipo de presiones, mis respetos, mi gratitud y admiración a todos los sacerdotes que están al pie del cañón”.
–El cardenal de Guadalajara denunciaba que en el norte de Jalisco el crimen organizado cobra cuotas a las parroquias para permitirles celebrar fiestas patronales. ¿Sucede esto también en Zacatecas?
–No lo he visto directamente aquí, pero si pasa en el norte de Jalisco, pues seguramente sí… Y eso no es reciente, pues de una forma muy sutil en las fiestas patronales hay los grupos o consejos (organizadores) y llega gente que compra la plaza. Eso sí he sabido que hay en distintos lugares, pero aún esto va variando.
–¿No llegan con el sacerdote?
–Muchas veces los organizadores piden al sacerdote que dé la cara. Pues cedes, porque si no, va a haber balaceras. En muchas cosas de esas hay que ceder en orden, a que haya un poco más de tranquilidad, porque la gente requiere de la fiesta, necesita la fiesta, es lo único que tienen como un sano escape a tanta presión que vive.
–¿Hay en la Iglesia hartazgo ante la violencia en el país?
–Nos pronunciamos porque nos duele cuando vemos sufrir a nuestra gente. La actitud es: ya no podemos quedarnos con los brazos cruzados, duele la indolencia, duele la impotencia y la mentira. A mí me duele mucho la mentira.