CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En 2010 el entonces cardenal Jorge Bergoglio sostuvo animados diálogos con el rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico Latinoamericano, en los que ambos plasmaron sus opiniones personales y fijaron las posiciones de sus respectivas religiones sobre los temas más diversos: la eutanasia y el suicidio, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio y el aborto, entre otros. Esas conversaciones fueron reunidas en Sobre el cielo y la tierra, libro publicado en México por la editorial Random House Mondadori, con cuya autorización Proceso reproduce algunos fragmentos. Skorka: A la medicina hay que apoyarla para que mejore las condiciones de vida del hombre, sin lugar a dudas. ¡Pero cuidado! De ahí a un encarnizamiento terapéutico, de ninguna manera. Alargas artificiosamente la vida, llenando de angustia a las familias que ven a su ser querido desahuciado, entubado por los cuatro costados por el mero hecho de que siga habiendo una actividad cardiorrespiratoria, no tiene el más mínimo sentido. Alargar la vida sí, pero en condiciones de vida plena. Bergoglio: Nuestra moral también dice que hay que hacer lo necesario, lo ordinario, en los casos en que ya está marcado el final. Se debe asegurar la calidad de vida. La fuerza de la medicina, en los casos terminales, no radica tanto en hacer que alguien viva tres días más o dos meses más, sino en que el organismo sufra lo menos posible. Uno no está obligado a conservar la vida con métodos extraordinarios. Eso puede ir en contra de la dignidad de la persona. Distinta es la eutanasia activa; eso es matar. Creo que ahora hay una eutanasia encubierta: las obras sociales pagan hasta un determinado tratamiento y después dicen “que Dios te ayude”. El anciano no es cuidado como se debe, sino que es material de descarte. A veces el paciente está privado de medicina y cuidados ordinarios, y eso lo va matando. Skorka: coincidimos claramente en que no se puede ir en contra de la dignidad humana. La cuestión de la eutanasia es un tema muy difícil porque realmente hay gente que está viviendo en situaciones horrorosas y que pide de alguna manera que su vida sea acortada. Lo que se desprende de la eutanasia activa es que somos los dueños absolutos de nuestro propio cuerpo y de nuestra existencia; por esa misma razón, no la aceptamos. Porque creemos que el dueño de nuestra existencia, si bien os dio libre albedrío, sigue siendo Dios. En el momento en que alguien se suicida, está diciendo que todo su ser le pertenece, que es él mismo quien decide sobre su vida y su muerte. Es una negación muy grande a Dios. Bergoglio: Hubo un momento en que no se le hacían funerales al suicida, porque no seguía andando hacia la meta, le ponía fin al camino cuando quería. Pero respeto al suicida, es una persona que no pudo sobreponerse a las contradicciones. No lo rechazo. Lo dejo en manos de la misericordia de Dios. Skorka: Hay dos posturas en el judaísmo en cuanto al suicida. La primera señala que al suicida se le entierra en un lugar especial y no se dicen ciertas oraciones por su memoria. Pero la otra dice que aquellos que cometen un suicidio, en el último segundo, cuando ya se han tirado del puente, tal vez se arrepientan de lo que estaban haciendo. Se los debe juzgar como quien comete un acto –en última instancia– involuntario, por lo cual no se le castiga. Por otra parte, es una acción que se contagia; por ello –también– es que se le condena. Cada vez que tuve que encarar un suicidio, mi explicación a los familiares era que estaba enfermo, que se obnubiló, que no tenía la más pálida idea de lo que estaba haciendo. Es el efecto más grave de la depresión, como consecuencia de un desequilibrio molecular en la mente, en el cuerpo. Siente que tiene que irse de la vida, no puede seguir viviendo; trato de rescatar su imagen y memoria en aquellos que desgarradoramente se inquieren: ¿acaso no signifiqué nada en su vida, que decidió abandonarme por siempre? Bergoglio: Me gusta la interpretación de la enfermedad. Llega un momento en que uno no puede ser dueño de todas las decisiones. Prefiero interpretar el suicidio así, y no como un acto de soberbia. Pero quisiera volver a la eutanasia: estoy convencido de que en este momento hay eutanasia encubierta. Al enfermo hay que darle lo ordinariamente necesario para que viva mientras haya esperanza de vida. Pero en un caso terminal, no es obligatorio lo extraordinario. Es más, aunque haya esperanza de vida, los medios extraordinarios no son obligatorios, por ejemplo entubar a alguien sólo para prolongarle unos días más la vida. Ante el aborto, el dogma Bergoglio: El problema moral del aborto es de naturaleza prerreligiosa porque en el momento de la concepción está el código genético de la persona. Ahí ya hay un ser humano. Separo el tema del aborto de cualquier concepción religiosa. Es un problema científico. No dejar que se siga avanzando en el desarrollo de un ser que ya tiene todo el código genético de un ser humano no es ético. El derecho a la vida es el primero de los derechos humanos. Abortar es matar a quien no puede defenderse. Skorka: El problema que tiene nuestra sociedad es que perdió en gran medida el respeto por la santidad de la vida. El primer punto problemático es hablar del aborto como si fuese un tema sencillo y lo más normal del mundo. No es así; por más que sea una célula, estamos hablando de un ser humano. Por lo tanto, el tema merece un ámbito muy especial de discusión. Frecuentemente se ve que todo el mundo opina, sin información exacta, sin conocimientos… El judaísmo, en términos generales, lo condena, pero hay situaciones en las que está permitido. Por ejemplo, cuando está en peligro la vida de la madre. En esas ocasiones se privilegia su vida. Los otros casos –violaciones, fetos anencefálicos, etcétera– son materia de discusión rabínica a través de las generaciones. Hay posturas más restrictivas y más permisivas. El factor santidad –entendido como respeto y consideración superlativos– por la vida humana, en todas sus formas, es fundamental y debe ser el plafón y la base al discutir y analizar el tema. El matrimonio gay, “retroceso antropológico” Skorka: Si bien de hecho ya hay muchas parejas del mismo sexo que conviven y merecen una solución legal en cuestiones como pensión, herencia, etc. –que bien pueden encuadrarse en una figura jurídica nueva–, equiparar la pareja homosexual a la heterosexual ya es otra cosa. No es sólo una cuestión de creencias, sino de ser conscientes de que se está tocando uno de los elementos más sensibles que hacen a la constitución de nuestra cultura. Bergoglio: La religión tiene derecho a opinar en tanto está al servicio de la gente. Si alguien pide un consejo, tengo derecho a dárselo. El ministro religioso a veces llama la atención sobre ciertos puntos de la vida privada o pública porque es el conductor de la feligresía. A lo que no tiene derecho es a formar la vida privada de nadie. Si Dios, en la creación, corrió el riesgo de hacernos libres, quién soy yo para meterme. Nosotros condenamos al acoso espiritual, que tiene lugar cuando un ministro impone de tal modo las directivas, las conductas, las exigencias, que privan de la libertad al otro. Dios dejó en nuestras manos hasta la libertad de pecar. Uno tiene que hablar muy claro de los valores, los límites, los mandamientos, pero el acoso espiritual, pastoral, no está permitido. Skorka: En el judaísmo hay distintas corrientes religiosas. Las extremadanamente observantes normativizan en el exceso. Imponen a sus fieles cómo se debe vivir. El líder de la comunidad dice “esto es así” y no hay cabida a la discusión, se mete finalmente en la privacidad de la gente. En los otros movimientos, en cambio, el rabino siempre tiene que desempeñar un rol estrictamente docente, no invasivo. Yo digo: “La ley dice esto, trata de seguir el camino de acuerdo a la tradición”. Pero nada más. Volviendo al tema, la ley judía prohíbe las relaciones entre hombres. Estrictamente lo que dice la Biblia es que los hombres no tengan relaciones al estilo de las que tienen hombres con mujeres. De allí se deduce toda una postura. El ideal del ser humano, desde el Génesis, es unir un hombre y una mujer. La ley judía es clara: no puede haber homosexualidad. Por otra parte, yo respeto a cualquier individuo mientras mantenga una actitud de recato e intimidad. Al releer a Freud y Lévi Strauss cuando se refieren a los elementos formadores de lo que conocemos como cultura, y el valor que le dan a la prohibición de las relaciones incestuosas y a la ética sexual, como numen del proceso de civilización, me preocupan los resultados que estos cambios pueden producir en el seno de nuestra sociedad. Bergoglio: Opino exactamente lo mismo. Para definirlo utilizaría, la expresión “retroceso antropológico”, porque sería debilitar una institución milenaria que se forjó de acuerdo a la naturaleza y la antropología. Hace 50 años el concubinato no era una cosa socialmente tan común como ahora. Hasta era una palabra claramente peyorativa. Después la cosa fue cambiando. Hoy convivir antes de casarse, aunque no es correcto desde el punto de vista religioso, no tiene el peso social peyorativo de hace 50 años. Es un hecho sociológico, que ciertamente no tiene la plenitud ni la grandeza del matrimonio, que es un valor milenario que merece ser defendido. Por eso, alertamos sobre su posible desvalorización y antes que modificar una jurisprudencia hay que reflexionar mucho sobre todo lo que se pone en juego. Para nosotros también es importante lo que usted acaba de señalar, la base del derecho natural que aparece en la Biblia, que habla de la unión del varón y la mujer. Siempre hubo homosexuales. A la isla de Lesbos se la conocía porque allí vivían mujeres homosexuales. Pero nunca había ocurrido en la historia que se buscara darle el mismo estatus que el matrimonio. Se lo toleraba o no se lo toleraba, se lo admiraba o no se lo admiraba, aunque nunca se lo equiparaba. Sabemos que en momentos de cambios apócales crecía el fenómeno de la homosexualidad. Pero en esta época es la primera vez que se plantea el problema jurídico de asimilarlo al matrimonio, lo que considero un disvalor y un retroceso antropológico. Digo esto porque trasciende la cuestión religiosa, es antropológica. Si hay una unión de tipo privada, no hay un tercero ni una sociedad afectados. Ahora, si se le da la categoría matrimonial y quedan habilitados para la adopción, podría haber chicos afectados. Toda persona necesita un padre masculino y una madre femenina que ayuden a plasmar su identidad. Los “fieles divorciados” Bergoglio: El tema del divorcio es distinto al del matrimonio de personas del mismo sexo. La Iglesia siempre repudio la Ley de Divorcio Vincular, pero es verdad que hay antecedentes antropológicos distintos en este caso. En esa oportunidad, en los ochenta, se dio un debate más religioso, porque es un valor muy fuerte en el catolicismo el casamiento hasta que la muerte los separe. Sin embargo, hoy en la doctrina católica se les recuerda a sus fieles divorciados y vueltos a casar que no están excomulgados –si bien viven en una situación al margen de la que exige la indisolubilidad matrimonial y el sacramento del matrimonio– y se les pide que se integren a la vida parroquial. Skorka: En la religión judía la institución divorcio existe, se aplica en la Halajá, la legislación rabínica. Por supuesto, es un drama. No es una cuestión de fe, en el catolicismo, porque su posición deriva de la lectura de los Evangelios, que dicen que Jesús tuvo una postura dura respecto del divorcio, como la adoptada por la casa de Shamai, según se nos testimonia en el Talmud. Para el judaísmo, cuando la pareja no va, y si después de muchos esfuerzos por conciliar las partes persisten las incompatibilidades, entonces se la ayuda a formalizar el acto de divorcio. Expongo en estos términos el tema porque en el judaísmo el rabio o tribunal rabínico no declaran ni decretan el nuevo estado de las partes, solo supervisan que la disolución sea de acuerdo con las normas. Son el hombre y la mujer quienes asumen y declaran su nuevo estado, al igual que cuando se casan. Es un acto íntimo de la pareja, que supervisa un conocedor de la ley para confirmar que lo realizado es correcto.