AMLO

Propuestas para reconstruir la democracia

No son tiempos de partidos políticos ni de intentar hacer realidad la ideología y los programas que ellos supuestamente sostienen. Hay un buen motivo para unirnos: el peligro de que sigan gobernando quienes procuran destruir la democracia. Impidamos el gobierno de un solo hombre.

Elisur Arteaga Nava
El presidente durante la conferencia matutina
El presidente durante la conferencia matutina(Octavio Gómez)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).–AMLO, en 2018, durante su campaña para llegar a la Presidencia de la República, en asambleas públicas, en forma insistente, mostró su oposición a la construcción del puerto aéreo en el valle de Texcoco. Habló de corrupción, componendas y de negocios inmobiliarios ilícitos. Presentó como opción la entonces base aérea de Santa Lucía, en ese entonces de uso militar. El secretario de la Defensa Nacional en funciones, general Salvador Cienfuegos, en público, se opuso a la propuesta. Lo recuerdo claramente.

Ante el fracaso de lo que se llama Aeropuerto Felipe Ángeles, AMLO, para eludir su responsabilidad directa, ahora echa la culpa a los “encuestados”. La semana pasada nos hizo saber que consultó a tres especialistas respecto de la viabilidad de su proyecto y de la posibilidad de cancelar la opción de Texcoco. Refiere que los tres le dijeron que era inviable la opción Santa Lucía y que le aconsejaron concluir lo iniciado en Texcoco; él, al recibir esta opinión coincidente, dice que no durmió. A pesar de las autorizadas opiniones que recibió, para sacar adelante su “ocurrencia” se dejó llevar por el resultado de una “encuesta”, amañada desde luego, en la que participó gente ignorante de la materia.

Quien ejerce el poder mediante “ocurrencias y puntadas” y ahora pretende destruir la democracia, no merece el calificativo de gobernante.

En el momento actual, dadas las circunstancias políticas: desgaste de los partidos políticos, el hecho de que están en peligro las instituciones públicas por los intentos absolutistas y hasta dictatoriales del actual presidente de la República y el hecho de que están próximas a ser renovadas las titularidades de los poderes Ejecutivo y Legislativo de la Unión y de algunas gubernaturas locales, debemos opinar y actuar, cualquier propuesta debe ser bienvenida y, por qué no, también atendida.

Es un hecho: vivimos una crisis de partidos. Pocos creen en ellos y en sus líderes. Esos institutos políticos carecen de ideología, programa y metas. Si bien formalmente los tienen, no han sido actualizados o no responden a las circunstancias actuales. Fueron elaborados en otras épocas y para circunstancias totalmente diferentes. En el caso específico del PRI, que fue un partido oficial, tuvo por proyecto, que no llegó a ideología, perpetuarse en el poder e impedir a sus adversarios arrebatárselo.

Los líderes de los partidos, como vividores de la política, no conocen los principios que ellos sostienen; tampoco están comprometidos con sus programas; carecen de ideología y compromiso con su instituto político; para ellos hacer política es sinónimo de hacer negocio y, en el mejor de los casos, vivir con cargo al presupuesto. Lo que mejor prueba mi afirmación es el hecho de que muchos de los que en el pasado fueron considerados líderes políticos, actualmente se están escondiendo de la justicia, se hallan en las cárceles o en el extranjero, para no caer en ellas.

Están en grave peligro las instituciones democráticas; es real el riesgo de que se instaure un gobierno absolutista, que desaparezcan los entes que garantizan el sistema de elecciones libres y auténticas. Por ello, los actuales son tiempos de sumar, no de restar y, mucho menos, de dividir. Todos deberíamos reconocer lo delicado de la situación, la necesidad de aportar ideas y el imperativo de apuntar soluciones.

No son tiempos de partidos políticos ni de intentar hacer realidad la ideología y los programas que ellos supuestamente sostienen. Hay un buen motivo para unirnos: el peligro de que sigan gobernando quienes procuran destruir la democracia. Impidamos el gobierno de un solo hombre.

Nadie puede decir que Morena es una organización política que persiga hacer efectivo un programa político y que procure hacerlo con respeto de la ley. A sus miembros no se le ve preocupados por la preservación de las instituciones democráticas. Los hechos ponen de manifiesto que son unos castrados, “agachones” y sin ideología; ellos, a la mínima provocación, están dispuestos a decir sí a todas las ocurrencias o excentricidades que provienen de quien los manda y de quien depende su destino. Pudiera haber excepciones.

En la tarea de elaborar el programa común y conformar una unión de todos los mexicanos con vista a desplazar a AMLO y a su Morena del poder público, todos debemos sacrificar nuestros particulares puntos de vista, conformar un programa común y unirnos para impedir que el grupo que nos gobierna siga en el poder.

México no merece ser un estado militarista; su destino no debe ser convertirse en un país de un solo hombre; su futuro no es ser una dictadura. Me niego a aceptar que la imposición de la voluntad de un líder iluminado sea el elemento determinante para llegar a la Presidencia de la República, a las gubernaturas de los estados o para ser miembro del Congreso de la Unión.

La actual administración ha echado las bases para una dictadura militar. Tenemos a los soldados en los puertos aéreos, aduanas, en la construcción de vías del ferrocarril, en el combate a la delincuencia, en la vigilancia de las ciudades y poblaciones, servicios de inteligencia civil; reparten medicina y realizan otras actividades que no tienen estricta relación con la disciplina militar. Todo eso está prohibido por el artículo 129 constitucional.

Al anterior estado de cosas nos ha llevado un presidente que censuró la presencia de los soldados en las calles; que nos prometió, de ganar la Presidencia, regresarlos a sus cuarteles. No lo hizo. Nos engañó. No podemos volver a creer en él, ni en la camarilla que lo apoya y que está dispuesta a decir sí a todos sus absurdos y ocurrencias.

Las dictaduras se instauran por la apatía de los más; se radicalizan en los casos en que la ciudadanía ha dejado a cargo de otros el opinar o de oponerse. Eso es lo que demuestra la experiencia. No podemos permitirlo. Estamos obligados a actuar, opinar, a presentar ideas y vías de solución. Nadie está dispensado del deber de hacerlo, de participar y colaborar. 

Este análisis forma parte del número 2417 de la edición impresa de Proceso, publicado el 26 de febrero de 2023, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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