CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Estamos celebrando la Navidad, una fiesta que comenzó la madrugada del 25 de diciembre con el nacimiento de Jesús en una cueva de Belén y se prolonga hasta el 6 de enero con la visita de los Magos al niño. Sin embargo, como casi todo en nuestra época, ese periodo ha perdido sus resonancias más profundas. Detrás de los “nacimientos”, los regalos, las cenas de Noche Buena y Año Nuevo, del asesinato de los inocentes por parte de Herodes que rememoramos engañándonos mutuamente, y de la Epifanía que hemos reducido a una rosca con un muñequito dentro que apenas si recuerda al niño de la cueva que los Magos visitaron, el sentido del acontecimiento, que Occidente festeja desde hace casi 2 mil años, se ha diluido. Nada está más lejos de Él que la banalidad en la que sus rituales han caído en medio de una sociedad tomada por el crimen organizado, plagada de fosas clandestinas, masacres, corrupciones, violencias inauditas; devorada por deseos ilimitados de consumo y por miserias y resentimientos descorazonadores; donde en nombre del niño cuyo nacimiento celebramos, el presidente de la nación injuria, persigue, extorsiona, destruye libertades, polariza y alienta el crimen; de una sociedad cuyo centro es la lucha por el poder y el dinero.
La Navidad es, sin embargo, lo contrario. Es la fiesta del descendimiento de Dios, de su encarnación, de su revelación como libertad y amor. San Pablo (Filipenses 2,6-7) utilizó una palabra griega para definirlo: kenosis: vaciamiento: la renuncia de la Divinidad a su poder y gloria. El filósofo Maurice Blondel fue más lejos y habló del “suicidio de Dios”. Ya sea como kenosis o “suicidio”, la sustancia del Evangelio que inicia con la Navidad no ha perdido su carácter de escándalo y locura que Pablo le atribuyó. Pensemos en dos burdas analogías. Imaginemos que mañana leemos en los periódicos: “Carlos Slim repartió su fortuna entre los más pobres y se fue a vivir a una casa de tabicón y techo de lámina en una de las zonas más inhóspitas de Ciudad Nezahualcóyotl” o bien: “AMLO renunció a la Presidencia de la República y a Morena y se ha puesto a caminar como el más pobre de los pobres llevando un mensaje de amor y reconciliación”.
La primera reacción sería de incredulidad: “¡No es posible!”. La segunda, un juicio perentorio sobre su salud mental: “¡Están locos! Se volvieron pendejos”.
Desde que la Iglesia en el siglo IV ascendió al poder con el Edicto de Milán, no podemos imaginar que el amor y la justicia traídos por el Evangelio y manifestados en la oscuridad y la pobreza de una cueva en Belén pueda prescindir de los recursos del poder y del dinero para realizarse. No podemos concebir que aquello que definimos como “caridad” y que a lo largo del tiempo ha mutado en todo tipo de servicios que la Iglesia, el Estado, el mercado e instituciones caritativas o filantrópicas, hoy llamadas ONG, proporcionan, pueda llevarse a cabo sin esos recursos.
Sin embargo, lo que la Navidad y el Evangelio enseñan es exactamente lo contrario. Es, en un sentido inmenso e incapturable, del orden de las hipotéticas analogías que acabo de hacer y que a causa de los equivalentes que hemos hecho de la justicia y la caridad con el poder y el dinero, no sólo nunca sucederán, nos son absolutamente inconcebibles. Pero la Navidad y el Evangelio son eso: la manifestación del amor que nunca es más, sino menos: la delicadeza de Dios que se revela en un niño pobre e inerme al que puede destruirse de un puñetazo, como al final, cuando ese niño se hizo hombre, sucedió clavándolo en una cruz. Es lo contrario al poder; la expresión, dice Compte-Sponville, “de la delicadeza de afirmarse menos, de extenderse menos, la autolimitación del propio poderío, de la propia fuerza, el olvido de sí, el sacrificio del placer propio, del bienestar o de los intereses; el amor que no carece de nada porque ha renunciado a todo, que no aumenta la potencia, pero la limita, que es opuesto al egoísmo y la violencia, que no consuela al ego, pero lo libera. Un amor gratuito, sin motivo ni justificación” que, al mismo tiempo que preserva la dignidad, permite acoger y servir como lo haría después el niño cuyo nacimiento celebramos. No un programa político ni una propuesta económica, sino un horizonte, una invitación que no obliga. Hacerlo no sólo es contrario al amor, lo corrompe. Pero que está allí como una hermosa luz.
Tal vez este amor al que invita la Navidad y el comienzo del Evangelio sea ya imposible. No sólo su vara es muy alta. Tantos siglos de buscar gestionarlo mediante el poder, el dinero y el anatema, como lo hacen hoy López Obrador y los epígonos de la inquisición desde el poder del Estado; tantos siglos de diluir su sentido en un ritualismo cada vez más vacío, y de encontrar muy pocos ejemplos de él en un México y un mundo desgarrados, tampoco nos preparan para acercarnos a él. Pero, al menos, habría que volver a pensarlo en estos días en que su celebración abre un hueco en medio del horror. Pensarlo para reconocer lo que hemos perdido y nos hace falta; para recordar que cuando está presente en nuestras vidas nos libera y cuando falta –como sucede casi siempre– puede inscribirse en lo profundo de nuestro corazón para hacernos menos imbéciles.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México. l