OEA

Veinte años de la Carta Democrática Interamericana

Encontrar la senda del desarrollo sostenible y no excluyente es una tarea que tiene lugar en un mundo cambiante, en el que la pandemia y sus consecuencias económicas y sociales colocan en lugar secundario la democracia representativa.

Olga Pellicer
(Juan Manuel Herrera)

Ciudad de México (apro).- Han pasado 20 años desde que la OEA promovió la firma de la Carta Democrática Interamericana. Para recordarlo, Diego Valadés, miembro de El Colegio Nacional, invitó a una mesa redonda en la que tuve el honor de participar. Transmito aquí algunas de las reflexiones que vinieron a mi mente.

La primera se refiere a las circunstancias tan distintas que caracterizan el ánimo democrático interamericano 20 años después. El fin de la Guerra Fría y la ola democrática que surgió en América Latina al llegar a su fin la era de las dictaduras militares en la región propiciaron la decisión de construir en los foros multilaterales –regionales y universales– mecanismos para la promoción y defensa de la democracia.

El decenio de los noventa fue testigo de un impulso notable al interior de la OEA por superar los malos recuerdos que quedaron de ella como una organización que, a nombre de la lucha anticomunista, había contribuido a derrocar gobiernos progresistas e instalar dictaduras militares en buen número de países latinoamericanos.

La serie de acciones tomadas desde la Asamblea General celebrada en Chile en 1991, cuando se aprobó el Compromiso de Santiago con la democracia y la renovación del sistema interamericano, así como la resolución 1080 sobre democracia representativa, fueron el punto de partida para una etapa nueva de la OEA, cuyo eje central sería la defensa de la democracia.

Cabe recordar que en los noventa México vio con cautela y cierto recelo dar mayores atribuciones a los organismos internacionales en materia de democracia. Los diplomáticos mexicanos cuidaron siempre que dichos organismos sólo entrasen en acción a solicitud del Estado interesado, que las medidas a favor de la democracia fueran acompañadas del reconocimiento del principio de la no intervención en asuntos de jurisdicción interna de los Estados, que las formas democráticas favorecidas por un Estado fuesen parte de la autodeterminación de los pueblos y finalmente que la defensa de la democracia no propiciara la aplicación de sanciones.

El último punto llevó a ser fuertemente críticos de la amenaza del uso de la fuerza por parte del Consejo de Seguridad de la ONU para restituir el orden constitucional en Haití en 1994. Indirectamente, tales experiencias influían para no mostrar entusiasmo por la aprobación de una Carta Democrática Interamericana (CDI) al interior de la OEA.

Fue hasta comienzos del siglo XXI, acompañando la llegada al poder de un partido distinto al PRI después de 70 años, que se dio un cambio en la mirada cautelosa de años anteriores. Dentro de un ambiente nuevo, en el que había la disposición de apoyar, sin reservas, la acción de organismos multilaterales a favor de la democracia, México se adhirió con entusiasmo a la CDI en 2001.

Veinte años después cabe preguntarse si las circunstancias siguen alentando la defensa de la democracia a través de organismos multilaterales. La respuesta es ambivalente. No se trata de ignorar los adelantos logrados en estos años en varios ámbitos: la creciente institucionalización de la defensa de los derechos humanos; la existencia de mecanismos para la organización de elecciones, la supervisión, transparencia y confiabilidad de sus resultados; la existencia de medios de comunicación avanzados que informan a los ciudadanos de medidas contrarias a la democracia que, en otros tiempos, hubiesen pasado desapercibidas.

Sin embargo, lo anterior no resuelve la pérdida creciente de legitimidad de la OEA debida, de una parte, al fracaso de sus intentos por resolver el problema de Venezuela; de la otra, al comportamiento errático de su secretario general, que ha suscitado tantas dudas sobre el cumplimiento o no de las atribuciones que le corresponden. El panorama en la OEA definitivamente ha cambiado.

Ahora bien, el motivo de mayor peso para hablar de un cambio es el hecho que los 20 años de la CDI coinciden con uno de los momentos más inciertos y difíciles de los últimos 100 años. La pandemia, que no se acaba, ha tenido consecuencias devastadoras para la mayoría de los países en desarrollo. Hacia el futuro se vislumbra un número más elevado de personas en situación de pobreza extrema, un retroceso considerable en materia de educación, un empeoramiento de la desigualdad que afecta principalmente a los sectores menos favorecidos, un malestar creciente que se viene expresando en las grandes movilizaciones que han tenido lugar en las principales ciudades de América Latina.

Ante esa situación, la búsqueda de la democracia no se refiere a los elementos que deben estar presentes en un sistema político, sino al avance de las condiciones estructurales que la hacen posible. Desde esa perspectiva no es posible ignorar los cambios en las relaciones de poder internacionales y la influencia que van adquiriendo países cuyo régimen político no corresponde al de democracias representativas, pero cuyos logros en términos de lucha contra la pobreza han sido excepcionales, como es el caso de China.

¿Cuáles son, en el futuro pospandemia, los valores democráticos que se quieren defender a nivel mundial? ¿Se trata de la democracia representativa o de la mejoría de las condiciones de salubridad y educación? Desde luego que ambos objetivos no son excluyentes, pero lo cierto es que en el imaginario colectivo lo segundo es lo importante. La democracia, se ha señalado, encuentra una pared cuando se quiere hacer florecer en medio de la pobreza.

En ese contexto, la disputa entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial tiene como uno de sus componentes el grado en que uno u otro desempeñe un papel importante en el acceso a la vacuna a lo largo del mundo. El apoyo en el combate a la pandemia, más que la cooperación para defender la democracia, es lo que puede movilizar y definir las prioridades y valores que en este momento interesan a los países en desarrollo.

En resumen, al conmemorarse la firma de la CDI las circunstancias son muy distintas a las que dominaban durante los años de la ola democrática. Encontrar la senda del desarrollo sostenible y no excluyente es una tarea que tiene lugar en un mundo cambiante, en el que la pandemia y sus consecuencias económicas y sociales colocan en lugar secundario la democracia representativa que se perseguía con entusiasmo hace 20 años.