Grecia: Las semillas de la desunión

Nick Malkoutzis *

ATENAS (apro).- Hace casi 11 años, decenas de miles de griegos se volcaron a las calles para celebrar armónicamente la victoria del equipo nacional en la Eurocopa 2004. Era otra década, otro tiempo y otro mundo. Hoy, los griegos tienen muy poco que celebrar y mucho que los divide. El referendo del domingo 5 arrojó una clara y resonante victoria de los partidarios del “No” (61.3% vs 38.7%), pero da la engañosa impresión de que los griegos están fuertemente unidos sobre el camino a seguir. No olvidemos que la pregunta en el referendo era si se aceptaba o rechazaba una propuesta que implicaba miles de millones de euros en nuevas medidas de austeridad. Esto obligó a miles de griegos a votar en favor de recortes presupuestales y alzas de impuestos que no deseaban, pero que sentían que constituían la única forma de salvaguardar su permanencia dentro del euro y un futuro estable. No fue justo por parte del primer ministro, Alexis Tsipras, colocarlos en esta posición. Pero en su favor hay que decir que, en su discurso posterior al referendo, Tsipras subrayó la necesidad de unidad. Sin embargo, en Grecia la división se ha ido gestando durante los últimos años y tomará muchos más borrar las cicatrices, especialmente después de la votación del domingo 5. La sensación positiva de haber expresado la exasperación que despiertan las políticas que proponen los acreedores de Grecia puede disiparse muy rápidamente, tal como lo descubrieron los chipriotas algunos años atrás. Como ahora sabemos, lo que experimentamos en 2004 (incluyendo el mágico efecto positivo de los Juegos Olímpicos) fue efímero. De hecho, fue sintomático de la debilidad de Grecia: la sensación de un rápido progreso en la superficie, al tiempo que se iba pudriendo la estructura que estaba debajo. La incapacidad de enfrentar esta contradicción fue una de las causas claves de la crisis griega que desataron los programas de rescate. La insistencia de muchos griegos en ver las cosas de una manera diferente fue lo que constituyó el principal fermento para la división dentro de nuestra sociedad. A partir de 2010, el país empezó a dividirse en un frente pro-memorándum y otro anti-memorándum: había quienes pensaban que sólo los ajustes fiscales y las reformas estructurales recomendados por los acreedores podían poner a Grecia en la senda de la recuperación; mientras que los opositores insistían en que los griegos estaban siendo injustamente castigados por pecados que no cometieron. La tragedia de todo este embrollo es que, en gran medida, ambos frentes estaban en lo correcto. En cambio, varios políticos locales se dedicaron con enjundia a promover la fractura. Antonis Samaras, el saliente líder de Nueva Democracia, se convirtió en el principal impulsor de la línea anti-memorándum, alimentando el populismo que consideraba que el PASOK de George Papandreou se había vendido al Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros acreedores. Esta virulenta retórica es la que gestó a los Griegos Independientes, que se convirtieron en socios de la coalición de SYRIZA en enero pasado. El primer ministro Alexis Tsipras fue otro que construyó su carrera y el ascenso de SYRIZA, de un insignificante partido de oposición a uno de gobierno, a lomos del descontento y la agitación que provocaban los drásticos programas de ajuste. La diseminación de mitos sobre la crisis y sus causas, al igual que los trastornos sociales, también proporcionaron un suelo fértil a los neonazis de Amanecer Dorado. La semilla de la división había sido sembrada. Sin embargo, conforme avanzaba el programa (de austeridad) y, a fines de 2011, Samaras pasaba de ser un cruzado anti-austeridad a un defensor del rescate, las líneas divisorias de la sociedad griega empezaron a desdibujarse. En junio de 2012, cuando Samaras se convirtió en primer ministro, su gobierno de coalición fue respaldado por la Izquierda Democrática, fundada por desertores de SYRIZA, dificultando todavía más ubicar las fuentes de la desunión. A pesar de ello, los encargados de tomar las decisiones en el país siguieron alimentando el antagonismo. La Nueva Democracia de Samaras cultivó la “teoría de los dos extremos”, que veía a SYRIZA como la antípoda ideológica de Amanecer Dorado y una amenaza igual para la estabilidad de Grecia. Los liberales griegos abandonaron cualquier intento de mantener al gobierno de Samaras en el campo social y económicamente progresista y, en cambio, enfocaron sus baterías contra SYRIZA. Entretanto, Tsipras siguió tejiendo su simplista cuento populista sobre la facilidad con que la crisis podía ser resuelta a pesar del dogmatismo económico y la arterioesclerosis política de la eurozona, ante los cuales habían zozobrado los anteriores gobiernos griegos. En realidad, a lo largo de los últimos cinco años los acreedores nunca dejaron de sumarse a Grecia en esta senda de ruptura. Desde el principio de la crisis, cuando los líderes europeos en lugar de presentarles a sus votantes la película completa (bancos de la eurozona descapitalizados, etc.) de por qué el rescate de Grecia era necesario, dejaron correr la especulación sobre si los griegos merecían o no estar en la eurozona, la toma de sus decisiones se ha visto marcada por la cobardía. Justo en el momento en que los líderes griegos alimentaban la división dentro de su propia sociedad a favor de sus ganancias a corto plazo, sus contrapartes en Europa estaban dispuestos a hacer de Grecia un ejemplo de lo que podía hacerse a un lado, en cualquier momento, para satisfacer sus propios objetivos domésticos. A lo largo de los últimos cinco años, los primeros ministro y gobiernos griegos llegaron y se fueron como barcos que atracan y zarpan [del puerto] del Pireo, pero los acreedores de Grecia nunca se detuvieron a pensar si estaban ayudando a socavar la estabilidad política de un país al que se supone que debían apoyar. Cuando las tasas de desempleo, los niveles de pobreza y otra miríada de indicadores sociales empeoraron dramáticamente, los acreedores actuaron como si la creciente insatisfacción y la confianza que se esfumaba fueran tan sólo enojosos efectos colaterales del programa, más que procesos que lo socavaban en su esencia. Éste es, en breve, el camino por el que hemos llegado a este punto, con un gobierno griego que se ha convencido a sí mismo de que sus fábulas autoinventadas se volverán realidad a pesar de que a lo largo de los últimos seis meses los hechos las han desmentido sistemáticamente, y unos acreedores europeos que no están dispuestos a desviarse de una vía que ha arrasado al sistema político griego y dejado a su sociedad tambaleándose al borde del abismo. El abrumador fracaso colectivo de todas las partes significa que el domingo 5 los griegos acudieron a votar empujados por emociones casi exclusivamente negativas. Los defensores del “Sí” fueron motivados por el miedo de que las cosas puedan ponerse todavía mucho peor; en tanto que los votantes del “No” acudieron espoleados por el enojo ante sus cada vez peores condiciones de vida. Son dos grupos que tienen varias cosas en común: cansancio, miedo, incertidumbre y desconfianza; pero nada más los une. De hecho, los votantes del “Sí” creen que los defensores del “No” están arriesgando el colapso del país, en tanto que el frente del “No” acusa al del “Sí” de carecer del valor para enfrentarse a sus acreedores. Ésta es ahora la nueva línea divisoria de la sociedad griega. Y se convertirá en una verdadera falla tectónica si los esfuerzos del gobierno griego por mantener al país dentro del euro fracasan en los próximos días. Ahora, la responsabilidad de desterrar la negatividad y remediar la división que ellos mismos han causado recae en los líderes de Grecia y la eurozona. (Traducción: Lucía Luna).   *Editor adjunto de la edición en inglés del diario griego I Kathimeriní y editor del portal Macropolis. Colaborador en Grecia de Bloomberg y The Guardian. El texto anterior fue publicado el pasado 6 de julio en Macropolis y se reproduce con autorización del autor.