Cine

Cine: “Jardines colgantes”

la dirección y la escenificación de Ahmed Al-Daradji logra una sólida narrativa visual, con un pulso que recuerda a grandes figuras del neorrealismo como Ettore Scola o el mismo Buñuel.

Javier Betancourt
El niño actor iraquí Hussein Muhammad Jalil como As'ad en Jardines colgantes, de Ahmed Yassin Al Daradji
El niño actor iraquí Hussein Muhammad Jalil como As'ad en Jardines colgantes, de Ahmed Yassin Al Daradji(Gianmarco Maraviglia)

Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros).

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Un chico de 12 años, Asad (Hussain Jalil), encuentra una muñeca inflable tamaño natural en el vertedero cercano a la exbase militar americana cerca de Bagdad; él y su hermano adulto, Taha (Wissam Diyaa), sobreviven recolectando objetos de metal que otros reciclan y venden. Huérfano de madre, Asad desarrolla una relación afectiva con la muñeca de ojos azules, despojo que algún soldado americano habría dejado en la salida apresurada de Iraq.

Por más cariño y cuidado, el muchacho se decide a alquilar los servicios del juguete sexual a los adolescentes del barrio, hasta que el cacique, mezcla de autoridad religiosa y rey de la basura, interviene con su ponzoña de codicia y lujuria.

La vida de la producción cinematográfica de Iraq es tan triste y accidentada como su historia, por ello Los jardines colgantes (Janain Mualaqa: Iraq/Palestina/Egipto/Reino Unido/Arabia Saudita, 2022) merece una ovación de pie; la dirección y la escenificación de Ahmed Al-Daradji logra una sólida narrativa visual, con un pulso que recuerda a grandes figuras del neorrealismo como Ettore Scola o el mismo Buñuel; a la manera de De Sica, el reparto con actores no profesionales crea personajes auténticos, profundamente humanos.

La relación de Hussain Jalil, vulnerable e inteligente, fusiona la demanda de afecto de un niño que no conoció a su madre y la curiosidad sexual propia de su edad.

Ese enorme basurero, irónicamente bautizado en relación a los Jardines Colgantes de Babilonia, terreno de peligrosas montañas de desechos que hierven hasta con cadáveres -como el del bebé con todo y chupón que encuentran, cruel metáfora que condensa la historia iraquí-; lugar de muerte, a la vez que de fuerza de supervivencia y hasta de esperanza, el eros y la necesidad de amor se miran con poesía, pero sin pisca de sentimentalismo.

Por encima de todo, se haya el heroísmo del director Al-Daradji y sus colaboradores más cercanos, que crecieron bajo la represión de Saadad Hussein, vivieron la invasión americana, la amenaza de la república islámica y ahora el régimen talibán, con la entereza de estudiar cine, tanto en Iraq como en Inglaterra, y regresar al campo minado. Los jardines colgantes es un trabajo insólito no sólo por cristalizar contra bombas y represión, sino por desafiar el tabú del extremismo islámico hacia la mujer y la sexualidad.

A diferencia de otras cintas asociadas al tema (pocas, en realidad, el tema es incómodo), como De tamaño natural (1974), dirigida por el español Luis García Berlanga -maestro del humor negro-, en la cual el personaje de Michel Piccoli se enamora de una muñeca y provoca los celos de su esposa, o la más reciente del japonés Koreeda, Muñeca de aire (Kuki Ningyo, 2009), fantasía basada en un manga famoso -filmes que habría que estudiar desde la perspectiva del complejo de Pigmalión-, la muñeca de Los jardines colgantes adquiere el estatus de un personaje que sintetiza roles femeninos que van de la madre a la novia, la amiga y la prostituta.

Rubia y de ojos azules, la muñeca de Asad habla, es objeto de desprecio por asociarse a la mujer objeto del cliché americano, a la vez que objeto de deseo por ser la mujer aparentemente liberada dispuesta a todo en la fantasía del entorno iraquí que vive el joven que despierta a la sexualidad; la mujer parece inaccesible; cuando Taha intenta destruir a la muñeca, Asad le reprocha cómo él mismo se masturba espiando a la vecina. Machismo occidental y machismo encubierto con el velo de la religión; con un tema muy local, el iraquí Al-Daradji cuestiona los machismos de cualquier cultura.

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