CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Bajo estrictas condiciones de vida, como si se jugara el destino de una nueva arma nuclear, nueve traductores de diferentes nacionalidades son aislados en un bunker para traducir el último tomo de una trilogía de gran éxito comercial, Dédalo, de millones y millones de euros.
El editor (Lambert Wilson) ejerce un control total bajo contrato, cada uno debió entregar su teléfono celular, no hay acceso posible al internet, las computadoras se cierran con llave al terminar la jornada de trabajo; y aun así, alguien filtra en la red 10 páginas del libro. El pirata exige un rescate millonario para no publicar el resto; el editor emprende una peligrosa cacería para descubrir al culpable, que supone sea alguno de los nueve.
Por exagerada que parezca la premisa, el director y coguionista, Régis Roinsard, se inspiró en el caso de una situación equivalente ocurrida hace algunos años en Italia, donde un grupo de traductores fue encerrado de forma similar con un libro de Dan Brown (el Código Da Vinci); Los traductores (Les traducteurs; Francia-Bélgica, 2019) ensaya un thriller a la manera de Ágatha Christie, aunque muy intelectual, y muestra que dentro de este género puede caber todo tipo de sorpresa; así preparó un coctel donde combina otros géneros cuya mención equivaldría a revelar la trama. Resulta curioso que aquí la codificación de los géneros funcione como la clave misma, por trivial que sea la acción.
No llega a darse una crítica en serio contra el comercialismo y la explotación del best-seller, pues el propósito de Roinsard es entretener, pero sí se exhibe una tendencia fascista de este tipo de imperio editorial a lo Harry Potter; los guardias que imponen el orden son un grupo de mercenarios, y ahora que suena tanto el grupo Wagner, en una escena los traductores, hombres o mujeres, como secuestrados por la mafia, deben desnudarse en fila frente al editor. Pese al ambiente de spa que la empresa ofrece, comida gourmet, juegos, el lugar funciona como prisión de lujo.
El elenco, una manera de representar diferentes nacionalidades con sus tics y lugares comunes, es muy bueno, cada uno de sus miembros ofrece un guiño de ojo al espectador; por España, un Edouardo Noriega tartamudo; por Rusia, Olga Kurylenko, franco ucraniana en realidad, y una de las últimas chicas Bond, para estar a tono con el tema del thriller; destaca Alex Lawther, bilingüe, talento de la nueva generación de actores británicos; un chino pragmático, Frederic Chau; un comunista griego,Manolis Mavromatakis, entre otros.
El infiernito del huit-clos (a puerta cerrada) se aligera un tanto con escenas retrospectivas y prospectivas fuera del bunker, necesarias para giros y peripecias que aportan nuevos elementos a la intriga, y que el director no deja de ofrecer hasta los últimos minutos de la película; cierto, la verosimilitud no es el ingrediente principal, el gusto es intelectual a manera de un crucigrama de alto nivel. El who done it (¿quién lo hizo?) mantiene la atención del público, articula los componentes de la producción literaria moderna, poder editorial, traducción para el mercado internacional, y la amenaza constante de las redes.
Crítica publicada el 28 de mayo en la edición 2340 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.