Teatro

"Algodón de azúcar" y el robo de la inocencia

Es un sueño, una pesadilla, un viaje onírico al interior de su alma. Él no sabe qué busca, sólo siente una presencia que lo persigue, que le ha robado su algodón de azúcar y lo adormece con el humo que avienta por su boca.

Estela Leñero Franco
Obra
Obra(Moisés Italve)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).–¿Cómo recordamos nuestra niñez? ¿Qué borramos, qué añoramos, qué enterramos en lo más profundo para que nuestra memoria no lo encuentre?

Algodón de azúcar es un viaje introspectivo hacia la infancia. Un hombre se pierde dentro de una feria abandonada y tres payasos lo retan, lo obligan a entrar y a aceptar los juegos que se le presenten. Es un sueño, una pesadilla, un viaje onírico al interior de su alma. Él no sabe qué busca, sólo siente una presencia que lo persigue, que le ha robado su algodón de azúcar y lo adormece con el humo que avienta por su boca. Él sólo quiere salir, pero el juego consiste en transitar por la feria y sus mecanos para revivir, para que los payasos encarnen grotescamente a los personajes de su pasado, para que vea lo que no ha querido ver, para que recuerde el gozo del juego o el momento en que se observan las estrellas y se es feliz sin saberlo.

Algodón de azúcar, obra escrita y dirigida con excelencia por Gabriela Ochoa, nos sumerge en una pesadilla plagada de símbolos, ironías y juegos infantiles. Las rondas de infancia giran en la obra, recuerdan una época y un mundo aparentemente inocente pero pintarrajeado de violencias. Con el diseño escenofónico de Genaro Ochoa entramos de lleno al mundo de los niños, a la feria, al circo, a esa música de acordeón que nos hace subirnos al carrusel o al juego de las sombrillas.

Las escenas se suceden unas a otras y observamos cómo impactan en el viajero, interpretado con matices y mucha verdad por Alejandro Morales. El espectador va entrando al juego y comprendiendo de lo que se trata esa aventura, a diferencia del soñante. Él está consternado por lo que está viviendo y no le queda más remedio que dejarse llevar y decir a todo que sí, la condición de los payasos para que internándose en la feria pueda encontrar la salida.

Pareciera la recreación simbólica de un proceso terapeútico que, a través del teatro, se sublima y se vuelve arte. En Algodón de azúcar no hay nada evidente ni explicativo, porque la propuesta nos lanza al mundo onírico y surrealista. Con el fabuloso vestuario de Giselle Sandie, el maquillaje de Maricela Estrada y las máscaras de Felipe Lara, nos encontramos seres trastocados por la mano del artista, por la vida de los actores, por la imaginación encima de la realidad. Y la madre tiene cara de pastel y todos tienen como cara la foto idéntica del niño, o sus caras están enrejadas y las máscaras son las de las fiestas infantiles. Seres deformados con vestimenta de colores brillantes, pelucas, tules. Payasos que no hacen reír, o cuyo humor negro es inquietante, cruel y provocador. Los payasos de Romina Coccio, Carolina Garibay y Miguel Romero interpretados con gran energía y comportamientos altisonantes eficaces, van transformando nuestra interpretación de sus intenciones, hasta descubrir esa impronta de la curación desterrando cualquier escapatoria posible.

El espacio escénico, diseñado por Félix Arroyo con la iluminación de Ángel Ancona, es impresionante. Un dispositivo cuadriculado a dos niveles, con focos de feria y proyecciones en sus paredes. Un ambiente sórdido, viejo y abandonado en contraste con lo esperpéntico y colorido de los personajes. En contraste con el realismo y la veracidad del viajero. Una obra producida por Teatro UNAM y Seguros Inbursa que se presenta en el Foro Sor Juana con localidades casi agotadas, que nos deleita estéticamente y da salidas a historias de abuso infantil que desde la ficción pueden reconstruirse, aún con dolor; darles voz y dejarlas ir. Una visión cruda de los procesos humanos pero con una pequeña luz esperanzadora.

Crítica publicada el 30 de abril en la edición 2426 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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