CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Si hay algo bueno que decir de Babylon (Estados Unidos, 2022) es que hace resonar el fin de la era del cine mudo estrepitosamente; la muy visitada crisis del hechizo de la imagen silente y del paso a los talkies, al cine parlante que, ya en 1952 Cantando bajo la lluvia romantizó en un bello musical, Damien Chazelle la aborda en tono apocalíptico y con la dosis del moralismo del título, Babilonia, ciudad del pecado, apelativo que carga Hollywood desde hace décadas.
Babylon comienza en el desierto con un elefante que llevan a fuerza a una fiesta en Hollywood, donde el pobre animal defeca, o del susto o del asco de la orgía que se han armado; el morbo del director de mostrar el ano del paquidermo quizá deba interpretarse como una metáfora escatológica del diafragma de la cámara. En medio del alcohol, cocaína, música, bailes desenfrenados y todo tipo de excentricidades orquestadas –no tanto a ritmo del Charleston, como correspondería a la época, sino a una especie de tecno con ganas de atraer a las generaciones del internet–, se encuentran los seis personajes principales de esta épica que dura más de tres horas.
Vale decir que Chazelle es un gran director, en su haber se hallan Whiplash y La la land, estupendo neomusical que honra al género; en Babylon la maraña de la orgía, cuyo rodaje tomó casi dos semanas –y se lleva gran parte del tiempo de la película–, Chazelle despliega lo mejor de su talento para coordinar producción y desarrollo de personajes. Pero si se insiste en el tono metafórico, y el Hollywood de los años veinte se mira como Babilonia, Babylon, la película, tendrá que verse como Titanic; misma sensación de desperdicio de talentos y recursos, empezando por el del director, en un proyecto monumental, muy elaborado y cargado de ideas brillantes, que se va a pique.
Nelli (Margo Robie), la joven ambiciosa dispuesta a todo, incluso de echarse un duelo a muerte con una serpiente venenosa por acceder al estatus de gran estrella, la it girl en el argot del Hollywood, digna de figurar en el chisme de las reseñas de la época; Jack Conrad (Brad Pit), la gran estrella masculina de la era silente, envejecido y alcohólico, incapaz de dar el paso al cine sonoro; Manny Torres (Diego Calva), un mexicano, cinéfilo por antonomasia, entregado al ideal del arte cinematográfico, deslumbrado por la personalidad de Nelli, amigo y apoyo de Jack, que encarna el punto de vista del narrador; la poderosa Lady Fay Zhun, lesbiana, cantante y escritora de intertítulos de las películas mudas…
El listado es necesario porque parecería que el realizador y su equipo escribieron una lista de personajes en clave fácil a descifrar, seguramente por temor a demandas de familiares y derechos de autor: Jack, por ejemplo, corresponde a John Gilbert, rival de Valentino; Lady Fay a Ana May Wong, representante del exotismo oriental; Manny tiene un poco del latin lover con el hombre sano expuesto a la decadencia y la corrupción. El problema es que el catálogo, y su manejo, delata el miedo de Chazelle a excluir algún estereotipo y ofender en la era del MeToo, cosa que ahoga la fascinación que delata por el tremendo hedonismo y la creatividad, a borbotones, del Hollywood de los veinte.
Crítica publicada el 29 de enero en la edición 2414 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.