CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– En “El pacto” (Pagten; Dinamarca-Bélgica Noruega-Finlandia, 2021), versión de las memorias de Thorkild Bjornvig sobre Karen Blixen –la fabulosa autora de Fuera de África, Cuentos de invierno, El festín de Babette, valiente protectora de judíos perseguidos durante la ocupación nazi en Dinamarca–, se deja ver desde su lado más oscuro, de decadente seductora que abusa de su prestigio de famosa escritora digna del Nóbel –aunque no lo recibió por escrúpulos de la academia–, para obtener poder sobre un joven poeta y controlarle vida y relaciones.
Dirigida por Bille August, “El pacto” muestra una Karen Blixen (Birthe Neumann) en plena posesión de su fama y talento literario, pero envejecida luego de su larga y agónica estancia en Kenia, nada idílica en comparación con la versión Hollywood de Out of Africa de pósters a la Meryl Streep y Robert Redford; se sabe, además, que la escritora llevaba décadas luchando contra la sífilis, contagiada por el aventurero marido; un tanto Nosferatu, Karen le propone al joven y tímido Thorkild Bjornvig (Simon Bennebjerg) sumisión absoluta, lealtad ante todo hacia ella; a cambio, la autora de Siete cuentos góticos lo ayudará a descubrir su verdadero talento, usarlo y convertirse en un autor celebrado.
Deslumbrado, Bjornvig acepta las condiciones del pacto; el plan de la mentora –quien ni siquiera había leído su libro– es alejarlo de su mujer y de su pequeño hijo: “¿Cuándo fue la última vez que leíste la palabra ‘esposa’ en una obra de arte?”, y lo orilla a tener un romance con otra mujer, la atractiva y brillante Benedictine (Asta Kamma August), casada con uno de los escritores del círculo de Blixen; Karen tiene el buen gusto de no insinuársele a él, pero resulta obvio el erotismo que obtiene de manera vicaria mientras el joven rebota de una mujer a otra.
Bille August se vale de un academismo formal que puede parecer seco y hasta tieso; el glamour de la posguerra –en un país recién liberado del dominio nazi– en las cenas del salón literario que la baronesa Blixen organizaba, no puede imaginarse fluido y natural; además, retratar a una de las glorias de su natal Dinamarca, admirada en todo el mundo por la belleza y el humanismo de su obra, bajo este aspecto un tanto siniestro, habría pesado sobre la movilidad de la cámara y provocado dificultad para explorar la oscuridad de los personajes que propone la anécdota.
No obstante, el director de Las mejores intenciones (1992) y de Pelle, el conquistador (1987) mantiene el pulso y realiza un trabajo elegante en el que la relación ponzoñosa de los triángulos que se arman y desarman se hace inevitable.
No habría de qué escandalizarse de que una escritora de la talla de Blixen haya utilizado su poder para promover el talento de un joven, cuando se piensa que en la vida de muchos escritores célebres ha sido práctica común seducir y manipular mujeres mucho más jóvenes; de acuerdo a los valores de la época, la catastrófica experiencia del matrimonio convencional de Karen con el barón Blixen, seguido del idilio africano que vivió con el Finch-Hatton, aristócrata inglés y empedernido cazador, hacen pensar que la baronesa era sincera al rechazar las convenciones del matrimonio burgués, como lo llamaba.
Crítica publicada el 28 de agosto en la edición 2391 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.