CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Una extraña pandemia invade el planeta. Se trata de un mal que provoca amnesia permanente. Aris (Aris Servatalis), un hombre de una cuarentena de años, baja del autobús sin saber quién es; tiempo más tarde, en el hospital donde lo tratan, le proponen unirse a un programa de recuperación, ya no con el fin de reestablecer la memoria, sino de crear una nueva identidad. Provisto de una cámara Polaroid y de una casetera, debe seguir instrucciones y realizar tareas simples cada día.
Primer largometraje del griego Christos Nikou, El fruto de la memoria, título que empobrece la metáfora del simple Manzanas (Mila; Grecia/Polonia/Eslovenia, 2020) reflexiona sobre la interdependencia entre memoria e identidad, a través de un caleidoscopio de imágenes sujeto a una geometría rigurosa, del cual gradualmente se rebelan piezas de un rompecabezas destinado a armar una identidad, que finalmente permanece inasible.
El arreglo de fotografías con el que inicia la cinta muestra un departamento con interiores vacíos; en realidad son tomas que asemejan naturalezas muertas. Un hombre, Aris, se golpea rítmicamente la cabeza contra el muro de la habitación, frente a una cama vacía. Nikou estable una tensión constante entre memoria, acumulación de episodios y referentes cargados de afecto –tomas fijas de lo cotidiano–, contra el sentido de identidad auténtico, fuerza vital y expansiva que depende del juego y del sexo, del eros mismo. De ahí la fiesta de disfraces donde Batman o Gatúbela, referentes que nadie cuestiona porque cualquiera debería saberlos, y que aquí aparecen como juguetes nuevos apenas descubiertos.
Decididamente minimalista, este asistente de Lanthinos sabe cómo provocar sensaciones de extrañamiento a partir de lo más familiar, ese territorio donde se ancla la memoria para organizar sistemas de continuidad y aparente coherencia, que no es otra cosa que mera banalidad cargada de sentido por el individuo; pero si alguien se atreve a reaprender a andar en bicicleta, ir al cine como si fuese por primera vez, redescubrir el sexo de manera espontánea, entonces el cerebro, órgano que tiende a la pereza atrapado por los miles de instrumentos que sustituyen su trabajo, se reactiva, y el mundo cobra sentido de nueva cuenta.
Sin duda, este comentario sólo puede derivarse de las secuencias que Nikou, decididamente escueto y elusivo, sugiere al espectador, al grado de parecer plano y superficial; quizá la reticencia exagerada pese para quien necesita más acción y datos psicológicos del personaje. Christos Nikou corrió un gran riesgo al preferir ganarse a la crítica en vez de atraer al público; el humor de la cinta, inspirado del cine de los Kaurismaki, es demasiado cerebral; y aunque el sexo está ahí, el personaje femenino sólo funciona como resorte para armar la persona de Aris.
Nikou manipula la metáfora central, por ejemplo, de una manera constante y concreta; las manzanas, esa fruta que Aris come con gusto, y que el compañero de cuarto del principio no sabe recordar si le gustaban o no, evoca la cultura de la culpa, inseparable de la memoria; miles de años de miedo a caer en la tentación de probar y de vivir. El cine de este realizador griego promete recuperar la fuerza de las metáforas desgastadas por superhéroes y mera virtualidad.
Crítica publicada el 18 de septiembre en la edición 2394 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.