Cine

Inmortal Truffaut

A propósito del 90 aniversario del natalicio de François Truffaut, la sala de cine Kadokawa en Yurakucho presenta una retrospectiva del cineasta francés.

Javier Betancourt
Teoría del cine de autor
Teoría del cine de autor

TOKYO, Japón.- En medio del duelo y desconcierto luego del asesinato del exprimer ministro Shinzo Abe, la vida sigue por inercia y la gente, disciplinada y bien adaptada a los protocolos sanitarios del coronavirus, acude al cine. A propósito del 90 aniversario del natalicio de François Truffaut, la sala de cine Kadokawa en Yurakucho, no lejos del elegante barrio de Ginza en esta capital, presenta una retrospectiva suya en la que no podía faltar Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups; Francia, 1959), película de culto de este realizador admirado en Japón que ha marcado a varias generaciones de sus cineastas en un rango amplio que va de Nagisa Oshima a Seijun Suzuki.

Noventa años no son tantos si se piensa que la Nueva Ola Francesa, cuyo inicio se asocia a este primer largometraje de Truffaut, lleva ya más de 60 años, pero en Japón cualquier número redondo es buena excusa para rendir homenaje al cineasta francés que postuló la teoría del cine de autor; podría hablarse de nostalgia, pero la presencia de tantos jóvenes en el público muestra la vigencia y el descubrimiento constante de Truffaut. Uno de los componentes que más atraen al público, según me explican, es la precisión del gesto, la sintaxis de los movimientos de cámara y la concentración afectiva que se apoya más en la imagen que en los diálogos. Por algo el grupo Kadokawa, que presenta el ciclo, se dedica también a producir y distribuir manga.

Japón también conoció su propia Nueva Ola, a mi gusto más radical, oscura y atrevida en el terreno del inseparable Eros y Tánatos, como atestigua La mujer de arena (1964) de Hiroshi Teshigahara; y el cine japonés, a su vez, marcó a Truffaut, como deja claro el famoso travelling inspirado del Rashomon de Kurosawa. Pero vista con calma por enésima vez, con distancia en un contexto diferente, en Los cuatrocientos golpes sorprende el equilibrio que logra Truffaut entre el vigor de la rebeldía preadolescente de Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), con la fragilidad del niño desesperado por afecto. Tal rebeldía es puro impulso vital, no producto de un programa contra la autoridad, la ceguera y el egoísmo de los adultos, la madre de Antoine (Claire Maurier), el padrastro, o la estupidez de los educadores. Excepto en El niño salvaje, su película más antropológica, Truffaut nunca interpreta o explica, su arte es el mostrar.

En la secuencia de Antoine, un chico de 12 años entregado a la policía porque los adultos a cargo son incapaces de entenderlo, puede seguirse la sintaxis de un manga clásico; sin diálogo, tomas fijas y disolvencias, Antoine pasa de una jaula en compañía de un criminal y prostitutas, a otra donde apenas puede sentarse y dormitar un poco antes de que llegue la camioneta para acarrearlos a todos en medio de la noche; el rostro de Antoine se mira todo el tiempo tras las rejas, las elipsis condensan un tiempo eterno de soledad y melancolía, imágenes todas que podrían hojearse hacia adelante y hacia atrás.

La fuerza de la secuencia final del ztravelling de la carrera desesperada de Antoine en busca del mar no proviene tanto de la fluidez del movimiento de la cámara como del gesto final: el rostro de Léaud que interroga al espectador, ícono para siempre del cine francés.  

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