CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Dan Stevens, apuesto héroe de series de televisión que explotan el estereotipo del gentleman británico, aparece en El hombre perfecto (Ich bin dein Mensch; Alemania, 20219) hablando muy bien alemán, bueno, no tan perfecto porque el ligero acento inglés de Tom es parte del diseño del hombre ideal de la doctora Alma Felser (Maren Eggert), a quien le gustan los hombres un poquito extranjeros, cosa que el algoritmo de la fábrica supo tomar en cuenta; es que Tom es un androide y Alma debe prestarse al experimento de vivir con él por tres semanas si quiere obtener financiación para un proyecto sobre escritura cuneiforme.
El guion de la realizadora germana Maria Schrader expande la narrativa y la complejidad de un cuento de Emma Braslavsky, filóloga de formación, quien se vale de la ciencia ficción para explorar problemas de relaciones sociales; el tema de amores entre seres humanos y humanoides no es nuevo en el cine: Blade Runner (1982) y su secuencia (2017) lo convierten en metáfora del conflicto de humanización frente a la avance científico y tecnológico, pero El hombre perfecto no se interesa en la distopia y amenaza apocalíptica que caracteriza al género, sino en el juego psicológico de la relación de una mujer frente al ideal del hombre perfecto y la dificultad de ella para entender sus propias emociones.
Quizá sin pretenderlo, El hombre perfecto es básicamente la comedia romántica de la era post MeToo, la de una mujer inteligente y realizada que se defiende de la manipulación y del posible autoengaño que tal ideal le representa, pero no logra ir más allá del conflicto: Alma sabe que es una proyección de afectos y se defiende de enamorarse de una máquina, pero bajo la manipulación tecnológica y la mercadotecnia que tanto la irritan se percibe la dimensión robótica de la misma Alma, obsesionada por su trabajo y sus proyectos arqueológicos, que llega lo más tarde posible a su lujoso departamento, renuente a expresar sus propias emociones; lo que más le irrita de Tom es el cometido de hacerla hacer feliz y atender su necesidades físicas y afectivas.
La realizadora logra que el galán de Downton Abbey se parodie a sí mismo, y que el perfect gentleman resulte fuera de tono y un tanto extraño, anacrónico en el mundo de mujeres conscientes y exitosas, quienes, sin embargo, han debido renunciar a su vida afectiva; con un giro muy delicado, Tom se convierte en la nueva Elisa Doolittle de Mi bella dama, cuando Alma comprende que su función es humanizar al androide, no enseñarle a hablar, y de paso enfrentarse a su propio trauma afectivo.
Estupenda la secuencia de la presentación con Tom en un bar muy animado en el que Schrader orquesta todos los lugares comunes del blind date, de la primera cita, con vino, conversación inteligente, música y baile sensual, y que luego desarticula por completo por una falla mecánica del androide; este primer encuentro establece la sintaxis de la relación en la que la actuación de Maren Eggert (premiada en varios festivales) logra hacer química con una máquina, un tanto como Joaquin Phoenix en Her (Spike Jonze).
Crítica publicada el 10 de julio en la edición 2385 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.