CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Huir, escapar, ¡huye! Los sinónimos para el término en inglés abundan, el imperativo es el mismo, sálvate; el documental animado del danés Jonas Rasmussen dibuja el mapa geográfico, político y autobiográfico de un inmigrante afgano que lucha por sobrevivir y escapar de la jihad en Afganistan después de la guerra de la Unión Soviética en ese país; a la vez que relato de aventuras forzadas, Flee (Flugt; Dinamarca-Francia-Suecia-Noruega-Países Bajos, 2021) es un instructivo sobre las redes de tráfico humano organizadas entre Europa y Asia para alcanzar países que prometen una mejor vida; más a fondo, funciona como novela de aprendizaje.
Documentales de animación basados en hechos reales hay pocos en el cine; ejemplos memorables serían Waltz con Bashir (Ari Folman, 2008) sobre las memorias de un soldado en la guerra del Líbano, o Persépolis (Marjane Satrapi, 2007), autobiografía de la directora durante la Revolución Islámica; el aspecto que destaca en Flee es el tono de confesión, no sobre la orientación homosexual del protagonista, hecho que cuenta para definir su condición vulnerable en la cultura musulmana, sino porque tiene que mantener su identidad secreta pues corre el riesgo de que el gobierno danés lo expulse por haber mentido en ciertos aspectos burocráticos.
Pese a la liberación que representa para Amín, seudónimo del protagonista, hablar por primera vez sobre los padecimientos de él y de toda su familia, exponer una vida de injusticia, explotación y terror, el tono persecutorio sigue ahí; pese a su éxito profesional y académico en Princeton, y a decidir vivir con su pareja en una idílica casa de campo, Amín aún camina sobre un terreno minado que puede explotar si da un paso en falso, la angustia subyace el edificio de esta nueva vida construida en un país sin guerra que aparentemente respeta los derechos de las minorías.
Apoyado en un equipo de 10 animadores, Rasmussen logra un estilo simple y elegante con colores tierra que sugieren melancolía y nostalgia; los dibujos animados se combinan con secuencias de material documental que aparece en las televisiones y que atestiguan los hechos sociales y políticos a lo largo de la vida de Amín y su familia.
Así, la detención y la desaparición del padre en manos de los jihadistas en su natal Afganistán se apoyan con las imágenes de la tele en la vida real; el contraste con la visión animada refuerza la recreación poética de la memoria. Las secuencias de Amín niño tratando de escapar por el mar Báltico, con la madre aterrada por el agua, la irresponsabilidad y crueldad de los traficantes, son tétricas y desesperadas.
Recurrir a traficantes cuya confiabilidad depende de la cantidad de dólares que pueda juntar la familia; años de trabajo y sacrificio del hermano mayor para rescatarlos, escondidos todos en un departamento en Rusia; desde Suecia, donde el mayor trabaja en lo que puede, el abuso y extorsión de la policía rusa post soviética, el aprendizaje de joven es doloroso. Pero el ímpetu vital, la esperanza de una vida mejor, permea Flee de principio a fin.
Crítica publicada el 5 de junio en la edición 2379 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.