Cine

“La fiebre de Petrov”, en la Muestra

Con "La fiebre de Petrov" no hay manera de aburrirse. Kirill Serebrenniakov sabe manejar un espectáculo, es capaz de mantener un hilo invisible de coherencia sin que parezca evidente; y director de teatro que es, nunca cae en la autoindulgencia.

Javier Betancourt
No hay manera de aburrirse
No hay manera de aburrirse(Especial)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Ha sido muy afortunado en esta Muestra Internacional de la Cineteca incluir a dos maestros del cine ruso, uno ya consagrado, Konchalovsky (Queridos camaradas, Proceso 2371), y otro, Kirill Serebrenniakov, además innovador maestro de teatro, crítico abierto al régimen autoritario de Putin (defiende los derechos del LGTB, se opuso a la anexión de Crimea en 2014), y ahora se atreve a criticar la invasión en Ucrania; recientemente, en una entrevista en Hamburgo, advirtió del riesgo de boicotear la herencia rusa, eterna, por culpa de un déspota, transitorio.

Al igual que ocurrió con su cinta anterior (Leto, 2017), Serbrenniakov no pudo asistir a la presentación en Cannes de La fiebre de Petrov (Petrov’s in and around the flu; Rusia-Francia, 2021) por hallarse en arresto domiciliario, supuestamente por malversación de fondos. Escribió el guion a partir de la exitosa novela, del mismo nombre, de Alexey Salnikov (2018), escritor en la línea de Gogol y Bulgakov; es decir, realista hasta el delirio y de humor cáustico.

Antes de la caída del régimen soviético, Petrov (Semyon Serzin) era dibujante de cómics, ahora es mecánico automotriz en una ciudad no muy definida, junto con su hijo y su esposa; padece una gripa muy fuerte, y como si el virus tuviese efectos psicotrópicos, Petrov se sumerge en una forma de delirio entre la realidad y no la fantasía, sino algo más donde cabe esa esposa bibliotecaria de la que está a punto de divorciarse que tira patadas a la manera de las películas asiáticas de kung fu, es asesina serial, y más. 

En el estilo de Un manuscrito hallado en Zaragoza, la novela gótica de Potocki, se mezclan situaciones delirantes, sueño y pesadilla, pero es posible captar que todo se ­articula en una ciudad industrial durante una especie de ritual de la Reina de las Nieves, celebración de fin de año, música de acordeón con rock, estado de embriaguez constante que afecta al público del mismo modo que a los personajes; no hay manera de aburrirse, Serebrenniakov sabe manejar un espectáculo, es capaz de mantener un hilo invisible de coherencia sin que parezca evidente; y director de teatro que es, nunca cae en la autoindulgencia.

Entre pasado y presente, la percepción se altera, pero a través de detalles que se repiten, el relato va tomando forma, si no en la pantalla, sí en la psique del espectador, y el extraño presagio de la pandemia apunta de manera oblicua a una sociedad aquejada por una enfermedad colectiva; el humor absurdo no alcanza a provocar risa, quizá por lo negro del asunto, pero sí que se disfruta, como esa dentadura suelta capaz de cantar. Seguramente, el público ruso tiene mejores referentes para descifrar alusiones históricas y políticas, pero un cadáver que se escapa, o la misma Petrova (Chulpan Kamatova), la mujer de Petrov, delirante Nikita que desbarata a patadas a los villanos o que sueña con degollar a su propio crío, va más allá del mero contexto.

A diferencia de Queridos camaradas, obra de un realizador que busca ajustar cuentas con el pasado histórico de su país bajo los buenos auspicios del gobierno actual, el trabajo de Serebrenniakov concibe un lenguaje visual para expresar la complejidad política y social del momento, sin dar respuestas. 

Crítica publicada el 17 de abril en la edición 2372 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.