Cine

“La caja”

Dirigida por Lorenzo Vigas, "La caja" se menciona como el tercer volante de una trilogía de este realizador venezolano sobre el tema del padre en el contexto latinoamericano.

Javier Betancourt
“La caja”, de Lorenzo Vigas
“La caja”, de Lorenzo Vigas(Especial)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Una cincuentena de cadáveres fueron hallados en una fosa común en el norte de Chihuahua, y el joven Hatzín (Hatzín Navarrete) viaja solo desde la Ciudad de México porque le dijeron que ahí podría recoger los restos de su padre. Junto con una caja que contiene los huesos, le entregan una célula de identidad del difunto, a quien el chico a duras penas recuerda. Hatzín baja del autobús, en el que iba de regreso a la capital, cuando descubre a un hombre en la calle en el que cree reconocer a su padre; el hombre asegura que su nombre es Mario Enderle (Hernán Mendoza) y niega ser su progenitor; ante la insistencia de Hatzín, Mario termina por acostumbrarse a su presencia y lo invita a trabajar con él. El trabajo, en principio, econsiste en reclutar gente para las maquiladoras.

Dirigida por Lorenzo Vigas, La caja (México/Venezuela/EU, 2021) se menciona como el tercer volante de una trilogía de este realizador venezolano sobre el tema del padre en el contexto latinoamericano; desde allá, su cinta anterior, premiada con el León de Oro en Venecia, exploraba el tema del deseo y la sexualidad, ahora toca responsabilidad moral y rito de pasaje a la adultez.

La labor de Mario implica actividades delictivas, explotación, desaparición de migrantes; ante los ojos del adolescente se despliega el modus operandi del engranaje triturador de hombres y mujeres, el daño a las familias, brutalidad y desapariciones. Esa caja de metal que contendría huesos se convierte para Hatzín –y por lo tanto para el espectador– en el foco de atención, y el punto de vista siempre será el del circunspecto joven en la caja de Pandora que contiene todos los males.

El guion, escrito en colaboración con Paula Markovitch, examina esos batallones de males y los despliega sobre el extenso terreno que representa el horizonte del paisaje de esa región de Chihuahua, y que la cámara de Sergio Armstrong capta en 35 milímetros con un lente que enfatiza la horizontalidad; el efecto es ver a los personajes perdidos en la inmensidad o agigantados con el cielo detrás.

Todo, la caja de huesos desenterrados de fosas comunes, el paisaje, la crueldad y la ausencia de compasión, la corrupción y autoritarismo, son el suelo donde fermentan feminicidio y narcotráfico; la metáfora se extiende, en el cine de Lorenzo Vigas, a todo un país, a todo un continente. En la búsqueda de una figura paterna, el vector que estructura y dirige la acción es, evidentemente, el padre, pero la función de tal arquetipo consiste en establecer el sentido de identidad. Y qué desgracia que toda una cultura, supuestamente patriarcal, se ancle en una figura ausente, o por completo disfuncional en términos morales; “a poco tú no mientes”, le reprocha Mario a Hatzín cuando empieza a cuestionar su actividad delictiva.

Aunque Mario sea o no el padre biológico, es obvio que al perseguir y terminar por imponerse, Hatzín elige la vida e intenta escapar de la soledad que implica esa caja de huesos. El vector de búsqueda del padre lo lleva en dirección opuesta a la de Pedro Páramo y esas regiones habitadas por fantasmas que terminan por convertir al hijo en una mera sombra; Hatzín, sin embargo, debe confrontar el precio que implica asumir su identidad en medio tal desierto.

Crítica publicada el 13 de noviembre en la edición 2402 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.