CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Convertido en un imprescindible del Fondo de Cultura Económica, el escritor, diseñador gráfico y dibujante de cómics Bernardo Fernández alias “Bef” regresa a la carga literaria para el número 877 de Colección Popular FEC con su noveleta “El estruendo del silencio”, 158 páginas pletóricas de imaginación cósmica.
Esta obra obtuvo mención honorífica en el Premio U.P.C. 2004 y ganó el prestigioso Premio Ignotus a mejor novela breve en 2007, convirtiéndose en un clásico de la ciencia ficción de nuestro siglo. “Bef” nació en la capital mexicana en 1972 y ha publicado “Hilo negro”, ganadora del Premio de Novela Grijalbo en 2011, y “Tiempo de alacranes”, triunfadora del premio de novela negra Una vuelta de tuerca en 2005 y del Memorial Silverio Cañada, en 2006.
Aquí presentamos el primer capítulo de “El estruendo del silencio” para nuestros lectores.
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EL VACÍO llenaba todo.
Negrura salpicada de estrellas, un inmenso mar muerto repleto de puntos luminosos, océano de oscuridad, eternidad imperturbable.
En medio de la soledad infinita, la nave atravesó su fuselaje membranoso, absorbiendo todo el hidrógeno disponible en la cercanía para luego distenderse, expulsando los restos que desechaba el mecanismo metabólico, empujándose en dirección a su destino.
En la nave, un chasquido activó al robot capitán. Para él, fue un latigazo eléctrico dentro de su cabeza.
Pasada la confusión inicial, el robot se supo acomodado dentro del gel proteínico que llenaba la crisálida de plexiglás donde viajaba. Activó el micromonitor de su retina para ordenar al sistema operativo pasar de automático a manual, luego ordenó correr la rutina del chequeo, al tiempo que el gel era drenado de su sistema respiratorio. Tras un par de horas, la compuerta de la crisálida se abrió y pudo respirar la atmósfera artificial de la nave, activada poco antes de que despertara.
Se levantó de su nido, sacudió alas y tenazas, estiró las articulaciones de su exoesqueleto de quitina. En unos minutos estuvo listo para otro turno de trabajo.
Caminó sobre la pared del cubículo, aferrándose con las ventosas de sus seis patas, hasta salir al pasillo; una vez ahí encendió las luces, que iluminaron la proa. Extendió las alas y aleteó hacia el puente de mando, en el centro de la nave.
Esta sección semejaba un estadio deportivo. El equivalente al domo era la única sección del fuselaje que no se contraía y expandía como el resto, para permitir observar las estrellas a través del gigantesco tegumento translúcido que filtraba las radiaciones peligrosas.
Al centro, rodeado de niveles concéntricos, el puente de mando, un sillón diseñado para ajustarse a su cuerpo, esperaba al robot.
El robot era un insectoide tecnorgánico creado, él lo sabía, por diseñadores e ingenieros genetistas en los laboratorios de HumanCorp. En la Tierra habría pasado por una gigantesca mantis religiosa azul cobalto.
Ocupó su lugar, ajustó el cinturón de seguridad y se interfasó a MaReL, Macro Red Local, la inteligencia artificial que controlaba todos los sistemas de la nave. Ordenó correr un programa de revisión general.
MaReL, con su inexpresiva voz femenina, le informó que uno de los bancos de ADN, en la sección donde se almacenaban los crustáceos, tenía una insuficiencia de carbono. El capitán ordenó a los microbots de mantenimiento atender la falla.
El insectoide sólo tenía que elaborar una orden mental para que su monitor retinal sobrepusiera a su vista la información que él requiriera, extraída de MaReL, en tiempo real.
Pidió ver la gráfica de ruta.
Al instante se desplegó un esquema en el que medía elipse unía dos puntos: uno azul, identificado como Origen que marcaba el Sol con la Tierra orbitando alrededor, y otro, Destino Final, que señalaba la posición de la estrella Épsilon Eridani. Abajo podía leerse el porcentaje del viaje recorrido junto al tiempo estimado de vuelo espacial.
La información se desplegaba apenas unos segundos para ser barrida de nuevo, sustituida por sus propias actualizaciones. Gráficas y esquemas parpadeaban con furia estroboscópica, datos imposibles de asimilar por un cerebro humano, perfectamente entendibles para el robot.
El insectoide canceló la interfase visual. Cerró los ojos. Agudizó su audición y escuchó.
Sólo oyó el silencio. Debajo de él, el zumbido de la nave al expandirse, el murmullo orgánico del millón de mecanismos funcionando en perfecta sincronía.
Miró hacia el infinito, a los puntos blancos derivando allá afuera. En cada despertar el dibujo que formaban era diferente.
El puente de mando exigía, a veces, una respuesta, correr alguna subrutina. Durante el equivalente a treinta días terrestres, el insectoide observó atentamente la negrura. En ese lapso, no se movió de su lugar; sólo su tórax, hinchándose al respirar, delataba su actividad orgánica.
Pasado el lapso, otra señal programada por sus diseñadores estalló en el cráneo del capitán. Era hora de dormir durante cien años terrestres antes de otro turno de treinta días.
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Tras desinterfasarse volvió a correr los programas de supervisión, comprobó que todos los sistemas dieran ok. Puso el sistema operativo en automático. Desactivó la atmósfera artificial, que se diluiría en unas horas.
Entregó a MaReL, el mando de la nave; se incorporó extendiendo las alas para revolotear fuera del núcleo de anillos en dirección a su cubículo. Al tocar la pared, las ventosas de sus patas lo fijaron a ella. Caminó hasta la crisálida, en la que se acurrucó ya con la membrana de ss párpados a punto de retraerse sobre sus esferas oculares,
Alcanzó a encender el sistema de animación suspendida. Sintió la tibieza del gel lamer su espalda mientras llenaba el tanque.
Después, el sueño se tragó su mente.
Había tenido una rutina similar con pequeñas variantes durante los últimos diez mil años.
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“Despierto en medio de la obscuridad en una caverna.
“Estiro los brazos, las piernas. Entumecidos, mis miembros apenas alcanzan a arañar la inmensidad del vacío.
“Intento ver pero mis ojos están repletos de sombras, trato de gritar sin que de mi garganta brote más que silencio.
“¿Cómo llegué aquí?
“La única certeza que tengo es la del dolor, la de mis nervios aullando sin motivo aparente a intervalos irregulares.
“Por momentos es un destello, por otros el dolor punza durante lo que parecen ser horas sin detenerse.
“Palpo mi cuerpo sólo para recorrer una superficie que no logro reconocer. ¿Son éstos mis ojos? ¿Aún existe mi boca?
“Sólo después de lo que parecen siglos flotando en la penumbra, que bien podrían ser apenas unos minutos, una idea burbujea en el centro de mi bulbo raquídeo: debo de estar soñando.
“Lo que debiera tranquilizarme sólo consigue angustiarme más, pues no consigo despertar por más que intente lastimarme para sentir dolor.
“Hundo las uñas deshechas en mi carne, muerdo mis dedos hasta despellejarlos sin que logre salir de este lugar.
“Prisionero de mis sueños, sólo tengo una certeza en medio de la oscuridad: debo salir de aquí.”