Cine

Somos invisibles: pecados de familia

El epílogo surrealista de Somos Invisibles es una declaratoria del director, que señala que hay pasajes de la vida que deben ser observados con atención, más de una vez, y que, lo que ocurre, incluso si es atestiguado, puede no ser cierto.

Luciano Campos Garza
Película Somos Invisibles
Película Somos Invisibles(sinhue_benavides)

MONTERREY, N. L., (apro).- En todas las familias hay secretos. Algunos son inconfesables, como los que guarda esta familia, que ha quedado destruida por el padre violento que, en retribución a los años de amargura que le dio a su esposa e hijas, ha sido brutalmente asesinado en el interior de la casa.

La sentencia al homicida es implacable, aunque algunas dudas quedan sobre este acto de venganza, que parece un ajuste de cuentas en la intimidad de quienes ahí alguna vez convivieron.

En Somos Invisibles (2022), el director Sinhué F. Benavides presenta una inquietante ópera prima en forma de drama extremo e íntimo, que obliga al cuestionamiento sobre lo que ocurre en el interior de esta familia que, proporciones guardadas, es la misma de todos, por cuanto ocurren en ella situaciones que deben ser guardadas con discreción absoluta.

En el inicio se muestra el incidente detonador. Jaime (Ramón Medina) agoniza desangrándose. No se sabe aún, pero el destino le ha hecho pagar todos los horrores que cometió en la vida. Es Dennis Quaid quien, en Muerto al llegar (D. O. A., 1988), se presenta para declararse paradójicamente asesinado. Jaime no dice nada, pero se aproxima a las puertas del infierno, completamente lúcido, atónito y quizás arrepentido de su pasado.

A partir de ese momento, inicia un drama claustrofóbico, marcado por flashbacks que van revelando los motivos del fatídico final de un hombre aborrecible, que afectó la vida de tres hijas, que crecieron profundamente lastimadas en sus emociones.

Consuelo (Mónica Murato) es acompañada por la agente custodio (Claudia Frías) para que tenga una última reunión con sus hijas Raquel, Ángela y Ana, antes de tener despedirse para pasar un largo tiempo de ellas alejada. En esa cita de reclamos se van develando las capas que cubren la gran incógnita que plantea la historia

El ingenioso guion de Benavides y Edui Tijerina, mueve los episodios mediante piezas musicales de piano, que ejecuta dentro de la casa, aunque a distancia prudente de la reunión, el misterioso Tío (Oscar Burgos). Con música original de Camila Fawape, llena de crispantes armonías de cuerdas, se van contando los atropellos que cometió el padre repudiado con cada una de ellas, para provocar una inquina que las hizo alejarse irremediablemente.

En torno a una mesa, con un banquete de comida para llevar, servida en simbólicos platos desechables, se comienza a desgranar el resentimiento. Con diálogos rápidos y afilados, Benavides se aproxima al denso Allen y al truculento Almodóvar, para hacer que estas mujeres refieran eventos cotidianos que devinieron en afectaciones físicas y espirituales, con lesiones y humillaciones. Hay, también incómodas insinuaciones de incesto y castración.

“Con el tiempo he aprendido que las mentiras desatan tormentas que luego nadie puede parar”, dice la entristecida Consuelo, que tiene que soportar los reproches de sus hijas, porque no tuvo el coraje de intervenir a tiempo, cuando las conductas del padre se desviaban, lastimándolas con dichos y hechos que no debieron ser tolerados.

La cinta filmada en una sola locación, permite que el realizador pruebe su estilo. La cámara al hombro se mueve intrusa entre las conversaciones, y las tomas del pasado tienen un encuadre diferente, tomadas con iPhone, lo que le proporciona una textura de colores alterados.

En el desenlace anticlimático se completa el crucigrama. Consuelo insiste a las chicas que se expresen libremente, cuando ella es quien no puede hablar con claridad y tiene qué remitirse a dar insinuaciones y a ofrecer una disculpa por pecados propios y ajenos. Entiende, como lo expresa, que la violencia si no se hereda, se enseña, tratando de explicar el comportamiento de su marido muerto.

El epílogo surrealista de Somos Invisibles es una declaratoria del director, que señala que hay pasajes de la vida que deben ser observados con atención, más de una vez, y que, lo que ocurre, incluso si es atestiguado, puede no ser cierto.

La cinta actualmente se exhibe en festivales nacionales e internacionales.

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