La magia de Alejandro Marcovich en su tinta

Roberto Ponce

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Me llamo Alejandro Marcovich y soy músico. Nací en Argentina, llevo 39 años viviendo en México, soy latinoamericano, lo digo con orgullo, y toco así: como un híbrido de mi pasión por el sonido de la guitarra eléctrica y la fuerza del rock, con la música que escuché en mi infancia y adolescencia, y la música que me llegó a la médula desde que llegué a vivir al país en 1976.” Así se presenta el rocker Alejandro Marcovich (3 de junio de 1960), ex integrante de la banda musical de los ochentas Caifanes en “La importancia de El nervio del volcán”, el primer capítulo de sus vibrantes memorias Vida y música de Alejandro Marcovich (Ediciones B México, 275 páginas), libro de reciente aparición con 24 fotografías en blanco y negro con imágenes del autor. La autobiografía de Marcovich se divide en nueve capítulos. El inicial refiere la magia latente durante la grabación en Burbank, California, del último álbum de Caifanes El nervio del volcán (BMG) coproducido por Greg Ladanyo (“quien murió hace muy poco, a consecuencia de un fatal descuido que lo llevó e caer de un escenario”, escribe Marcovich). El segundo apartado es “Atahualpa Yupanki y América Latina”, donde el músico aborda su infancia en Argentina, para en los siguientes “Exilio” y “Llegada a México” (1976), contar sobre su adolescencia en la nueva nación. “Yo provengo de una familia de origen judío por ambos lados. Como de niño mis padres no me inculcaron ninguna religión, ya que a su vez a ellos tampoco se las infundieron, y como aquella escuela primaria no tenía contemplado ningún tipo de adiestramiento… de corte judío, me quedé junto con otros compañeros fuera del esquema”, y: “Mi identidad cultural es más mexicana que argentina.”

El quinto capítulo, “Nacimiento de una leyenda”, narra su encuentro con Saúl Hernández y Alfonso Andrés, a través de su hermano cineasta Carlos Marcovich (¿Quién diablos es Juliette?), con quienes integrara en 1984 el fabuloso trío Las Insólitas Imágenes de Aurora. El sexto, “Fusionar: guitarra eléctrica lartinoamericana”, relata su entrada a las “grandes ligas del rock latinoamericano” cuando Laureano Brizuela lo llamó para ser su requintista: “Era muy atractivo pertenecer a un grupo como Las Insólitas Imágenes de Aurora. No sé cuántas veces pasa algo así en la vida pero a nosotros, Alfonso, Saúl y a mí nos ocurrió. Como por arte de magia. O más bien, por el descaro de mi hermano Carlos. Diversión, aventura, algunas chicas guapas alrededor, por supuesto, algo de alcohol (no mucho porque nunca he tenido mucha tolerancia), drogas no (al menos no en mi caso, contrario al mito urbano) y composición espontánea.” El libro aumenta su intensidad a partir del séptimo capítulo, “Ser o no un Caifán”. Con objetividad y sin apasionamientos ni lenguaje barato, la serena prosa de Alejandro Marcovich adelanta algo de lo que emocionará el lector hasta agotar las partes finales con “Qué pasó después” y “El maravilloso presente”, a lo largo de un centenar de páginas cuya lectura resultará fascinante a cualquier rockófilo. “Mucha gente se pregunta hoy en día porqué él (Saúl Hernández) me convocó a tocar de nuevo juntos (en Caifanes), debido a la supuesta ‘mala experiencia’ que había tenido conmigo en Las Insólitas Imágenes de Aurora… En todo caso, en la relación entre dos personas siempre hay dos lados de una historia. Nunca llegamos a pelearnos de manera brutal, ya fuera a golpes o gritos o algo similar, mientras fuimos compañeros en Las Insólitas. “Muchas veces, durante los ensayos, chocaban nuestras personalidades. Yo a veces me quedaba ‘catatónico’, y Saúl se deprimía y salía llorando del cuarto de ensayo (como lo relató Alfonso André para el libro de Xavier Velasco). Muchas veces él se molestaba conmigo porque yo les exigía demasiado (a él y a Alfonso). Yo quería que tuvieran una conducta más profesional, que invirtieran dinero en el grupo, y que participaran en labores ejecutivas, como lo hacía yo, para que el grupo funcionara más allá de lo obvio, que era ensayar y dar conciertos… “Como decía, hubo ciertas diferencias al final del grupo, que le dieron a Saúl en indicio de que para él había llegado a término la historia de esta banda de gestión colectiva (incluyendo la composición conjunta de canciones), para iniciar otra etapa de marcado liderazgo (de él), especialmente en cuanto a composición de canciones.” Marcovich desmenuza aquellos años desde 1989 con Caifanes en pos de un equilibrio entre los instantes buenos de gloria o fama y los malos, cuando el conjunto entró en crisis, disparado por la egolatría de Hernández a decir del autor, quien no duda en marcar los aspectos negativos del conjunto cuando sus recuerdos evocan cómo él y los demás en el equipo de Caifanes (el bajista Sabo Romo, el tecladista Diego Herrera y María Eugenia Rivera Reyes, la representante del conjunto, alias Marusa) boicotearon su creatividad, lo hirieron y menospreciaron sus aportaciones. “En otra ocasión… estábamos Saúl, Alfonso, un ingeniero asistente y yo. Estábamos platicando en relación al disco (El nervio del volcán, 1994). Yo sentado en un sillón, y Saúl parado enfrente de mí. La plática se puso tensa, de repente dije algo que no le gustó (muy probablemente en tono irónico, que es un estilo que me gusta usar en ciertas ocasiones), y de la nada me soltó una cachetada en la mejilla derecha… “Lo abracé a la pared y lo empujé contra una pared diciéndole que parara, que se tranquilizara… De a poco se tranquilizó, llorando, y lo fui soltando. Finalmente, me volví a sentar en el mismo sillón, y Saúl, ya calmado, se arrodilló para pedirme perdón y jurarme que eso no volvía a suceder… y no le creí. El asistente de ingeniero me dijo, en inglés obviamente: ‘¿Tú sabes que en este país lo que acaba de ocurrir es grave y tiene consecuencias legales?’…” El vocalista terminaría corriendo del trío a Marcovich. Pero diez años después, Saúl (ya con la banda Jaguares) le propinaría otra bofetada a su ex amigo y colega en camerinos durante el Festival Vive Latino 2000. “Al estar frente a él le extendí la mano para estrechar la suya, ante lo cual Saúl que estaba platicando con alguien, me ignoró por completo… Nunca me ha parecido suficientemente caballero y esa no fue la excepción. Seguí en esa zona de camerinos un rato, hasta que volviendo de ver a un grupo, regresé y me topé con Saúl rodeado de gente que platicaba con él. Me acerqué y le dije enfáticamente: ‘¡Cobarde!’. Ahí sí me encaró. Se salió del grupo de gente para decirme: ‘¿Quieres hablar conmigo? ¡Ahora vamos a hablar!’, y me retó a irnos juntos a uno de los camerinos abandonados, lejos de los demás… “Gritaba… no me dejaba hablar. Me reclamaba que yo le había hecho ‘mucho daño…’ y no pude evitar reír. Ya no alcancé a parir ninguna de mis legendarias frases sarcásticas, porque él estaba enfurecido, enardecido, y como no me dejaba hablar y seguía dándome risa, yo optaba por agachar un poco la cabeza, ante lo cual me exigía que lo mirara y dejara de reírme, e insistía en el ‘daño’ que le había hecho. Súbitamente (ajá, tal como en el estudio de Burbank), me soltó un bofetón con su mano izquierda (“no volverá a suceder”)… Se lo conté a Gaby (Gabriela Guadalajara, mujer de Alejandro Marcovich de 1983 a 2013) y a un staff de confianza, el cual propuso irnos los tres a un ala del stage para esperar a que se me bajara el color y no provocar comentario de curiosos… la chica de OCESA se dirigió a nosotros para pedirnos nos fuéramos de ahí porque no podíamos permanecer en ese lugar… “Luego fuimos rodeados Gabriela y yo con inmensos elementos del Grupo de Seguridad Lobos para irnos empujando lejos del escenario, cuando de repente sentí que alguien me estaba asfixiando desde atrás… Les suplicaba que dejaran de pegarme, pero más lo hacían… Luego de un trayecto que me pareció infinito, al llegar a un portón me aventaron sobre la banqueta junto con ella. En ese momento sonó el primer acorde de Jaguares.” Tras el reencuentro (y eventual desencuentro, para variar) en la reunificación (“fraude”) de Caifanes por 2013 entre Hernández y Marcovich, éste no tiene ningún interés de volverlo a ver “en ningún término”: “Efectivamente, mi hermano Carlos tenía la razón cuando dijo lapidariamente: ‘Caifanes se acabó’. Yo pienso que lo acabó Saúl Hernández con su forma de ser y su codicia, tanto económica como en lo musical”. Desde luego, estos pasajes son los más intensos del libro autobiográfico Vida y música de Alejandro Marcovich; sin embargo la narración entera cubre un montón de pasajes en la existencia del artista: sus amores, el bullying contra él por ser argentino y judío; algunos de sus álbumes como productor (con Santa Sabina y Los Estrambóticos, aunque misteriosamente Marcovich omite el de Gerardo Enciso, Tarará, de 2000); detalles de su familia (su padre escribió para Unomásuno) e hijos, cuates en el medio (Jessy Bulbo y Las Ultrasónicas, Café Tacvba, Graham Nash), y sobre todo, sus discos solistas y agrupaciones desde Leviatán con el hoy actual director sinfónico José Areán, hasta el homenaje Nocturno eléctrico del compositor Antonio Juan Marcos con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México a su música, en septiembre de 2015.